Choque de trenes en el clásico joven

Alberto Lati

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En donde lo regular es la irregularidad, en un futbol que no premia la excelencia sino la mediocridad, resulta atípica la temporada que han desarrollado tanto Cruz Azul como América.

Si hubo equipos que se erigieron como máximos perdedores del pasado certamen, fueron estos dos capitalinos. La Máquina tras la humillante voltereta propinada por Pumas en la vuelta de la semifinal, a lo que siguió un burdo mensaje de su directiva tachando de mediocre al entonces director técnico y se añadió la eliminación en la Concachampions al cierre del año. El América luego de ser borrado por su acérrimo rival en cuartos de final, par de derrotas a las que se añadió también su debacle en Concacaf, con un plantel que evidenciaba descomposición.

Ahí radica el mayor mérito de estos dos colectivos: antes que levantarse futbolísticamente, haberlo hecho mentalmente.

No era sencillo para Juan Reynoso hallar legitimidad como guía cementero. La elección de entrenador azul se transformó en un reality show en el que a cada día nos enterábamos de las avanzadas negociaciones con un personaje distinto, sólo para saber horas después de que el dinero no había alcanzado y la plaza continuaba vacante. Visto como opción remota, enésimo en la lista de preferidos de la directiva, sin posibilidad de una mínima pretemporada, el colmo de Reynoso fue iniciar su gestión con un par de derrotas y líos disciplinarios de su estrella, Jonathan Rodríguez.

Al tiempo, el americanismo se resignaba a vivir sin Miguel Herrera, que recién había sido renovado a largo plazo. El elegido fue Santiago Solari, descalificado y ninguneado como si nada hubiese hecho antes en el futbol. Es cierto que su pasado como jugador superaba de lleno a su experiencia como DT, pero eso no borraba sus años en divisiones menores del Real Madrid ni su experiencia como estratega interino del primer equipo merengue.

Si tenían en común una liguilla traumática y la incertidumbre de su cambio en el timón, habría algo más que empataría a los dos clubes: haber perdido por última vez en la cancha el mismo sábado 16 de enero. Al principio ganaban como fuera (Reynoso suplicaba paciencia: “Una vez que curemos las heridas, veremos a un Cruz Azul más vistoso; hoy empezamos a gatear y cuando uno gatea no quiere hacer cosas raras”). De a poco, cada vez con mayor autoridad (Solari se regodeaba tras derrotar a Chivas: “En todas las facetas del juego estuvimos serios y sólidos, lo hemos hecho muy bien, hemos merecido la victoria”). Llegados a esta etapa final del torneo, con absoluta superioridad.

Pertenecientes a un certamen en el que el resto parece no tener forma de competir, este sábado se encontrarán. Pase lo que pase en el Clásico Joven, la lógica invitaría a pensar que de ese par saldrá el campeón, aunque ya se sabe: en esta liga no tiene gran recompensa ser el mejor. Más aun con historiales tan complejos como el de Cruz Azul, a menudo víctima de las expectativas cultivadas por sí mismo.

 

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