Semana Santa

Héctor Zagal
Héctor Zagal

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Héctor Zagal
(profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

Ya estamos en Semana Santa y con ella termina la cuaresma. Estos cuarenta días antes de la Pascua cristiana, es decir, el Domingo de Resurrección, recuerdan los 40 días y 40 noches que Jesús pasó en el desierto siendo tentado por el diablo y ayunando. Antiguamente, los católicos prescindían de la carne todos los viernes de cuaresma. Esta restricción, detonó la imaginación de la cocina mexicana. En México contamos con una deliciosa gastronomía cuaresmal: huauzontles capeados en salsa de morita, sopa de habas, lentejas con plátano, empanadas de bacalao, romeritos, la capirotada. Sin embargo, no tenemos un platillo específico para celebrar la Pascua. Al menos yo no conozco una cocina pascual típicamente mexicana.

En otros países, como Rusia, Grecia, España e Italia se preparan panes especiales para celebrar el Domingo de Resurrección. En Rusia se prepara el kulitsch, un pan de forma cilíndrica alta, relleno de frutas confitadas y aromatizado con azafrán y cardamomo. Dicen que representa el Gólgota, monte donde fue crucificado Jesús. Los griegos prepara la masa trenzada tsoureki, pan condimentado con cáscara de naranja y con una resina amarga. Sobre el trenzado se colocan huevos teñidos de rojo que simbolizan la sangre de Jesús. En España se celebra con monas de pascua, una suerte de rosquilla cubierta con huevos duros. Tradicionalmente, los padrinos las regalaban a sus ahijados y el número de huevos correspondía a la edad del niño. Actualmente se decoran con huevitos de chocolate.

En Italia, por su parte, se come la Columba pascual, un pan dulce en forma de paloma.

Una de las tradiciones más populares de Semana Santa en la Ciudad de México es la representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa. ¿Saben desde cuándo se realiza esta representación? La historia nos cuenta que en 1833, la población de los ocho barrios de Iztapalapa fue diezmada por una epidemia de cólera. Quienes aún no habían sido víctimas de la epidemia peregrinaron hacia el santuario del Señor de la Cuevita, cerca del cerro de la Estrella, para pedir que los salvara de la enfermedad. Cuentan que la amenaza no sólo cesó, sino que en el pueblo de San Lorenzo Tezonco, en Iztapalapa, del pie de un ahuehuete brotó un manantial de agua cristalina y sanadora. En agradecimiento, los habitantes de Iztapalapa han representado el viacrucis desde el año de 1843 hasta hoy en día. Este 2021, seguimos con las restricciones sanitarias para prevenir contagios de coronavirus, sin embargo, puede seguirse esta representación por televisión.

¿No les parece curioso que en México vivamos con mayor fervor el Viernes de Crucifixión que el Domingo de Resurrección? En España, por ejemplo, se da fin a la Semana Santa con la procesión del Encuentro entre las imágenes de la Virgen y Cristo Resucitado. En varios países de Europa y en Estados Unidos se celebra la Resurrección con la búsqueda de los huevitos de pascua. En México nos quedamos con el sufrimiento previo. Pero no terminan ahí nuestras representaciones, pues después de la Pasión de Cristo viene la quema de Judas. Esta tradición nos llega desde España, donde se celebra en domingo apedreando, linchando o quemando a un muñeco que representa a Judas. En México esta tradición se ha vuelto un fantástico espectáculo en el que se conjugan el arte de la cartonería y la pirotecnia. Además, no sólo se quema a Judas, sino que también aprovechamos para quemar a otros personajes incómodos, como el diablo y a alguno que otro político. Una vía de escape para el coraje popular que termina en risas y gritos de júbilo.

Otra tradición de Semana Santa son las matracas. Este instrumento de percusión se utiliza durante los oficios de tinieblas, ceremonia celebrada durante los días previos a la Pascua cristiana. Estos oficios se realizan después de la puesta de sol, por ello el nombre tinieblas. Conforme avanza el oficio se van apagando unas velas para sumir la iglesia en la obscuridad. Al final, se hacen sonar las matracas para representar el temblor que acompañó la oscuridad de la Crucifixión. Los días previos al Domingo de Resurrección, específicamente desde el Jueves Santo hasta la vigilia pascual del Sábado Santo, no se tañen las campanas, sino que se hacen sonar las matracas. El sonido de la matraca no es de fiesta, sino de solemnidad y pena.

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