El matrimonio FIFA-Olimpismo

Alberto Lati

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Al movimiento olímpico nunca le agradó que el futbol se inventara su propio Campeonato del Mundo.

Hasta antes del Mundial inicial, el de Uruguay 1930, quien conquistaba la medalla de oro olímpica era visto como el mejor del planeta, de ahí que no se comprendiera la terquedad de dilucidar a un rey en otro torneo.

Sin embargo, la FIFA iría adelante con ese sueño, teniendo apenas la gentileza de que su certamen alternara en años pares con los Juegos. A cambio de esa concesión, el evento olímpico de futbol viviría a partir de entonces en el autosabotaje. La única forma de que no opacara al Mundial era disminuyendo su calidad e inhibiendo la participación de las mayores estrellas (de otra manera uno y otro torneo habrían sido lo mismo).

Como pretexto obvio estaba el amateurismo al que se aferraba el movimiento olímpico (aclaración relevante: lo que Coubertin pretendió en 1896 fue hacerlos aristocráticos… y la manera más fácil de cerrar su invención a la élite era limitando el registro a quienes no tuvieran la necesidad de cobrar por efectuar deporte).

Así que por décadas los Olímpicos se diferenciaron del Mundial al cerrarse a elementos amateurs, lo que, superada la Segunda Guerra Mundial y desatada la guerra Fría, focalizó las medallas en el bloque comunista (ocho oros consecutivos de ese hemisferio entre 1952 y 1980). Un sistema político que decía desconocer todo lo que resultara profesional, pero a su generoso modo remuneraba a sus atletas.

Caducada la hipocresía amateur del COI, la FIFA se quedó sin pretextos y asumió que el torneo olímpico podía competirle a su ya celebérrimo Mundial. Eso de leer que las estrellas de la NBA acudirían en baloncesto o que las raquetas más célebres del planeta se incorporarían al tenis olímpico, generó temores en el cuartel principal del futbol.

La solución emergente de la FIFA fue obligar a planteles alternativos, con prohibición tajante de que las potencias llevaran a jugadores ya consolidados. Por regla, las selecciones europeas y sudamericanas estuvieron impedidas de convocar a quienes ya hubiesen ido a un Mundial.

La solución surgió en Barcelona 1992, con el límite fijado en veintitrés años, y se complementó en Atlanta 1996, con la apertura a tres mayores. Desde entonces, cada cuatro años el jaloneo es mayor y se da a tres bandas: de un lado, el club propietario del futbolista, inquieto porque el torneo olímpico coincide con el cierre de la pretemporada y el arranque de la liga; de otro, la selección mayor deseando acaparar cracks para lo que dispute ese verano, sea Eurocopa o Copa América; y del restante los entrenadores preolímpicos, convocando lo que pueden y no lo que quieren.

En el mismo nacimiento de este esquema ya hubo polémica. El italiano Alessandro del Piero fue convocado a la Euro 96 en Inglaterra, pese a tener edad para jugar en Atlanta 1996. Como ese ejemplo hay muchos cada cuatro años. México se coronó en Londres 2012 sin tener en su plantel a lo mejor posible. El mismo Tri que luego en Río 2016 no superó la primera fase con un grupo muy diezmado por la absoluta prioridad otorgada a la Copa América Centenario de ese año.

Ahora pinta todo diferente con una gran armonía entre Jaime Lozano y Gerardo Martino… aunque primero hace falta conseguir el boleto.

 

                                                                                                                                     Twitter/albertolati

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