Que el Presidente gobierna con símbolos, dicen a menudo sus seguidores así, como quien revela una verdad profundísima, y en esto podemos estar de acuerdo, siempre que también coincidamos en que resulta una pésima idea. Y es que los símbolos nos están saliendo carísimos, en varios sentidos.

Está por supuesto el símbolo fundacional del sexenio: Texcoco. Ese nos va a salir literalmente carísimo, o sea caro en dinero, por mucho que se haya equivocado con la aritmética la Auditoría Superior (chance no costó 300 mil millones, pero sin duda costó más de 100 mil). ¿Qué simboliza el aeropuerto? Simboliza, evidentemente, un: “Aquí mando yo”.

Está el símbolo de exigirle disculpas a España. Eso probablemente no nos cueste dinero, porque el dinero de las empresas españolas se irá más bien por la falta de certeza jurídica, los bartletazos, el propio Texcoco o la cancelación de la cervecera. No. El precio es más bien pasar a ojos del mundo como un país al que no le importa… el mundo. “Somos orgullosamente aldeanos, una camiseta que diga”.

Está el símbolo de no recibir a aquella delegación encabezada por Javier Sicilia y los LeBaron. ¿Qué simbolizó esa negativa? Primero, un eje de este sexenio: hay víctimas aceptables y víctimas que no lo son. Las no aceptables dan, en palabras del Presidente, “flojera”. Enseguida, otro eje: no hay víctima más aceptable que yo, que soy incluso víctima de las víctimas.  

Está la rifa del avión, claro, que vuelve a simbolizar lo de que aquí mando yo, con un añadido: “Aquí mando yo, aunque nos convirtamos en un país-meme”.

Pero no hay símbolo, me parece, como el de vivir en Palacio Nacional. Un símbolo que es muchos. Vivir en Palacio Nacional significa, perdonen la redundancia, vivir en un palacio, lo que supongo que no exige muchas explicaciones. También significa que soy tan poderoso y tan querido que además de vivir en un palacio, puedo recordárselos una y otra vez, sin merma a mi popularidad, en videos largos que se grabaron entre vivos dorados, óleos grandilocuentes, muebles de esos que no tiene ni un abogado mexicano (“los más ricos del mundo”), estatuotas de mis antecesores e incontables trabajadores a mi servicio. Implica además estar en el centro asimismo simbólico de la capital, o sea, en plan un tanto monárquico (es frecuente, en las democracias, que las casas de Gobierno estén en zonas periféricas). 

Lo que me lleva a usar usar esta tribuna para hacerle una solicitud respetuosísima al titular del Ejecutivo: ¿nos da un descansito con los símbolos, señor Presidente?

                                                                           

                                                                                                                                                 @juliopatan09