Furor de sábado a medianoche ante la puerta de honor del Vicente Calderón, cuyo distintivo era estar soterrada bajo una grada del estadio. Furor en el escándalo que resulta de la mezcla de policías, aficionados y paparazzi.

Por ahí se revolvían empresarios, artistas, políticos, viejas glorias del futbol, tras haber presenciado la victoria del Atlético 4-2 ante un Barcelona que llegó a alinear en esa noche de 2008 a Xavi, Ronaldinho, Messi, Henry, Iniesta y Eto´o.

Entre los célebres personajes que pisaban la calle tras ese partido que pudo comprometer la continuidad de Javier Aguirre como técnico colchonero, había uno ignorado por la mayoría. Era Ignacio Ambriz, con su habitual perfil bajo y andar discreto, pese a haber sido capitán de México en un Mundial, autor de algunos de los goles más bellos en la historia del Tri y multicampeón con el Necaxa.

Por supuesto, en España no se sabía. Ahí era uno de los asistentes que se sentaban junto a Javier Aguirre en la banca, lo que le había valido la oferta para quedarse a cargo del Osasuna cuando el Vasco aceptó guiar a los colchoneros.

Siete años antes de esa noche en Madrid, me había encontrado con un recién retirado Ambriz en el aeropuerto de la Ciudad de México. El propio Aguirre había tomado a la selección mexicana a media eliminatoria rumbo a Corea-Japón 2002 y Nacho sería su apoyo. Me hablaba de la ilusión de conseguir como entrenador lo que antes había acumulado como futbolista. A cada tres palabras refería alguna que tuviera que ver con sacrificio, aprendizaje, empeño, ganarse un lugar, pagar derecho de piso. Estaba convencido de que cuanto hubiese conquistado en la cancha no le serviría de ahí en adelante, que se trataba de otra historia

En ese diálogo pensé mientras observaba a Ambriz caminar esa noche en el anonimato del Calderón, antes de acercarme a él y tener otra conversación: de vivir en Madrid, de su pasado aún reciente con el histórico Osasuna al que metieron a Champions League, de las complejidades del Atlético, de por qué no se independizó y rechazó ser el primer DT en Pamplona.

Al cabo de unos años volvió a México, aunque de nuevo por la vía lenta, a menudo víctima del descrédito, de tener que hacer más que la mayoría para recibir legitimidad. Si pasaron siete años entre su debut en Necaxa y su consolidación como titular, incluido un periplo por el ascenso ya con 22 años de edad; si su debut con la selección se dio ya con 27 años; si todo le llegó a Nacho con exigencia de mayor esfuerzo que al resto… como entrenador resultaría similar.

Han transcurrido once años desde que decidiera hacer carrera al margen de Aguirre y a menudo ha sido bajo sospecha. ¿Por su estilo sereno? ¿Por sus declaraciones mesuradas? ¿Por su renuencia a los reflectores? Por lo que sea, pero en cualquier otro país se hubiera sacado más provecho y se hubiera brindado mayor respeto a quien trabajó y aprendió a tales niveles en Europa.

Su León ha destacado con un futbol de autor. Jugando exquisitamente, optimizando el rendimiento de todo el plantel, convirtiendo las lesiones de estrellas en oportunidades, triturando a rival tras rival, exhibiendo una regularidad atípica para nuestro futbol, consagrando como su principal estrella al colectivo.

Como el propio Nacho insiste con ese tono bajo que le caracteriza, en esta final sólo el título valdrá. Y cómo no lo va a decir él, forjado entre descalificaciones como si en México abundaran los entrenadores con su preparación.

 

                                                                                                                            Twitter/albertolati

 

 

Alberto Lati

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