Como todo maestro del escapismo (pensemos en los hermanos Davenport amarrados, pensemos en Harry Houdini esposado, pensemos en David Copperfield en Alcatraz) hace un buen rato que el Real Madrid necesita más la adrenalina que la victoria. No se regodea en el truco sino en el sufrimiento para consumarlo.

Adicción que no pocas veces termina en derrotas, como ante el Shakhtar en el inicio de esta fase de grupos de la Champions: perdía 3-0 y su empate a tres, en tiempo de compensación, fue anulado. Adicción que le ha llevado a vivir con taquicardia en esta Liga de Campeones: la semana pasada remontó dos goles de desventaja a manos del Moenchelgladbach en los tres minutos finales, este martes sacó el triunfo contra el Inter de Milán en los últimos instantes, par de cotejos en los que sublimó su pasión de caminar por un delgadísimo alambre sobre el precipicio.

El Madrid ha vuelto a estar a nada del desplome. Tan cerca su colapso y tan fortuita su salvación (si ese disparo del interista Lautaro Martínez cuando estaba dos a dos, si otro remate del Moenchelgladbach unos días atrás cuando un tercer tanto era cerrar el ataúd), que bien podemos preguntarnos si su escapismo no tiene también un alto grado de ilusionismo.

Ilusionismo porque ya no sabemos cuál es la realidad de su proyecto futbolístico. Ante el boquete por la partida de Cristiano Ronaldo y su garantía de gol por partido, los merengues se coronaron en la campaña anterior gracias a su defensa: asumida la irremediable aridez ofensiva, se optimizó lo poco que se anota gracias a la solvencia defensiva.

En el mundo ideal, el Madrid habría mantenido esa cerrazón de su portería y remediado sus miserias ante la rival. Todo lo contrario, hoy vuelve a ser vulnerable atrás y carece de tino al frente.

Conquistados los tres puntos frente al Inter, tal parece que calificará a octavos de final, incluso dueño de su destino para efectuarlo como líder. No obstante, es difícil engañarse: hoy no abundan elementos para el optimismo, inviable pensar en otro cetro europeo cuando el plantel se oxida, cuando la apuesta juvenil (Vinicius, Rodrygo, Odegaard) se convierte en urgencia y no en suplemento, cuando este colectivo luce obstinado en sufrir.

El vaso puede verse medio lleno (Zinedine Zidane tocó la tecla perfecta con sus cambios y el once se aferra a su ADN de supervivencia), el vaso puede verse medio vacío (en fases en las que ganar ha de ser rutina, cuánto le cuesta a los del Bernabéu que, de tanto jugar con fuego, tienden a terminar tatemados). Mientras tanto, su defensa depende sin disimulo de su veterano capitán (qué poco queda sin Sergio Ramos) y es imposible con una delantera en la que nadie se asume como responsable por meter goles.

Ahí va este Houdini de once cabezas. Club que ya no goza más que escapando de los patíbulos que él mismo se construye.

 

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Alberto Lati

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