El país de las casetas tomadas

Julio Patán

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Leí una nota desconcertante en el diario El País. “México lanza una ofensiva contra la toma de casetas de peaje”, titulaba, para rematar: las “acciones” de la Guardia Nacional han “evitado pérdidas por siete mil 700 millones” entre junio y octubre.

Digamos que es cierto. Así y todo, hay motivos para preocuparse. En el último mes he viajado dos veces a Acapulco, con el siguiente resultado: entre idas y vueltas, me he topado, respectivamente, con dos, dos, tres y una caseta tomadas. En todos los casos, te exigen dinero. En todos los casos, entregarlo es el único modo de pasar por la caseta y seguir tu camino. Una sola vez pude ver un coche de la Guardia Nacional, que en cualquier caso mantenía la sana distancia con los ocupantes, sí, pero sobre todo con sus víctimas.

Dije “víctimas”, y dije bien: los que atravesamos esas casetas somos víctimas. ¿De qué? De la amenaza de la fuerza para quitarte tu dinero. Algunas veces la amenaza tiene una suerte de justificación en el activismo. Es el caso de las dos casetas continuamente tomadas en Guerrero, que están en manos de los normalistas de Ayotzinapa. ¿Son justificables esas formas de la protesta? Depende. Hay casos en que sí: ahí está la rebeldía indispensable de los colectivos feministas. Con la Normal las cosas son más complicadas. Porque sí, está el dolor de esos 43 chicos desaparecidos, pero también la evidencia de que esos dineros patrocinan el adoctrinamiento en una ideología criminal: vean sino esas imágenes del Che o de Stalin. Y es inaceptable, más allá de que esa “cooperación” implica que no tengas un boleto, o sea un seguro de carretera; o de que el jefe no te va a reembolsar los 50 pesos que te sacaron porque no tienes un comprobante; o de que ya compraste el Tag y tienes que pagar dos veces.

Bueno, ese es el caso que invita más al optimismo. Porque en la caseta de Cuernavaca no hay siquiera un argumento militante: sin más, varias decenas de personas te paran y te obligan a pagar.

Entiendo que el caso de la México-Acapulco no es necesariamente un reflejo de lo que pasa en el país, pero disculparán el escepticismo. Porque caray: podemos coincidir en que es una vía de alguna importancia, turística para empezar, y sobre todo por el detalle de que la situación, en esa ruta, lejos de mejorar, ha empeorado en los últimos meses. Así que ahí les encargamos, “autoridades”. Porque digo: con tanto que crece el Estado en otros ámbitos, como el petrolero, ¿por qué no dejar que se haga sentir donde debe, por una vez?

 

                                                                                                                                 @juliopatan09