Un logro de la economía moral

Julio Patán

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Que los conservadores creen que “el pueblo no debe de recibir nada”, y que inventaron aquello de que a los pobres no les des pescado, que mejor los enseñes a pescar. Que qué bárbaros. Que qué pasa si no hay agua, si no hay pescado: ¿que se mueran de hambre? ¿Qué acaso “si tiene uno una mascota, un gatito, un perrito, tan (sic) fieles, con tantos sentimientos, qué, no lo cuida uno, no le da uno de comer”? Así dijo el presidente López Obrador, no por primera vez, aunque quizá con más claridad que nunca: los pobres son equiparables a las mascotas, y al decirlo sintetizó en cuatro líneas lo que conocemos como “economía moral”.

En efecto, la economía moral supone que el empleo no es necesario: que el dinero se materializa mágicamente, y que el Estado puede disponer de él a placer, sin límites, para repartirlo. Por eso, justamente, se han perdido tantos cientos de miles de puestos de trabajo, y por eso tales pérdidas le tienen tan sin cuidado. La otra cosa que supone la economía moral es que los pobres dejan de serlo cuando los mil pesitos que reciben del Gobierno remplazan a los mil 500 o dos mil que ganaban trabajando. Supone, pues, que la solución a lo que sea es la generosidad con capa ajena del líder de la nación, supremo proveedor. O sea, supone, medularmente, que la solución a todo es su grandeza, su infinita sabiduría, que compensa de sobra la incapacidad propia de los desposeídos, pobrecitos, con sus sentimientos y su fidelidad. Supone, en otras palabras, que no hace falta el pueblo, la ciudadanía, el total de la población: que basta con un hombre y sus capacidades infinitas para crear un país justo y decente.

El modelo no es nuevo y ha fracasado siempre. En la Cuba castrista, el fin del subsidio soviético significó esa miseria profunda que se perpetúa; lo mismo en Venezuela, pese al petróleo que Chávez gastó hasta el paroxismo, o en la Argentina peronista. Pero en esos países hubo al menos un periodo de aparente bonanza, un rato de felicidad, aunque fuera a costa de un despilfarro que nunca terminará de pagarse y por lo tanto de una pobreza crónica. Aquí, según todos los indicios, no habrá ni siquiera esa falsa bonanza: habrá, sin escalas felices, 10 millones de pobres más, informa Coneval, mientras que ya creció en muchos millones el numero de familias que no puede pagarse la canasta básica y Liconsa, según una investigación de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, dejó de atender a casi medio millón de personas.

Todo un logro de la economía moral.

 

                                                                                                                @juliopatan09