Héctor Zagal
 

Héctor Zagal
Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana

En México celebramos el Día del bibliotecario cada 20 de julio desde 2004. Lamentablemente, la fecha pasó inadvertida. Quizá porque nos faltan bibliotecas en el país.

Una biblioteca es un mar de información. Allí podemos encontrarnos con maravillas en cada estante, ya sea que demos con una novela o manual de nuestro tema favorito, o que descubramos un mundo de ideas hasta entonces desconocido para nosotros. Es cierto que en la red podemos encontrar cantidades inmensas de información, pero no hay manera de suplir el contacto personal que se forma entre el lector y las páginas. Un libro no sólo es lo que contiene, pues él mismo, con el tiempo, se hace de una historia propia. ¿A quién perteneció? ¿Cómo habrá llegado esta mancha aquí? ¿Por qué está tan empolvado? ¿Acaso ya nadie lo necesita? Además, no sólo se trata de tener acceso a una cantidad inmensa de información, sino de saber clasificarla y, claro, encontrar la que nos interesa.

Las bibliotecas son como laberintos de estantes en los que es fácil perdernos si no conocemos el camino ni tenemos bien claro nuestro objetivo. Muchas veces salimos de ellas sin haber dado con lo que buscábamos no porque no esté dentro, sino porque no supimos buscarlo. Pero para auxiliarnos están los bibliotecarios, esos cartógrafos de la curiosidad humana y guardianes de la información.

¿Qué haríamos sin ellos?

Ser bibliotecario no sólo es acomodar libros; para mantener orden en la biblioteca es necesario conocer su contenido, su historia, su valor. Este trabajo es para amantes de las letras, de las historias, de los laberintos del lenguaje. Varios escritores trabajaron como bibliotecarios en algún momento de su vida. Aunque también hubo quienes tomaron el puesto no por gusto, sino por necesidad y un poco de aburrimiento.

Por ejemplo, Giacomo Casanova (1725-1798) aceptó el puesto de bibliotecario que le ofrece el conde de Waldstein en Ducx, Bohemia –actual Duchov de República Checa– porque ya no tenía más fortuna que gastar ni amigos. Sí, aquel gran donjuán que presumía haber conquistado a 132 mujeres “de toda clase y condición” fue, al final de sus días, un bibliotecario. Parece que no hizo mucho como bibliotecario, pero aprovechó el puesto para leer mucho, escribir cartas a un reducido grupo de amigos fuera de Bohemia y escribir su obra más conocida e importante: “Historia de mi vida”.

Y, claro, el gran Borges (1899-1986) fue un bibliotecario durante nueve años. Cuando empezó a trabajar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané como auxiliar, tenía 37 años y varios libros publicados ya. Sobre su tiempo en la biblioteca, Borges dijo en algunas entrevistas que fueron años de infelicidad, pues los hombres con los que trabajaba se interesaban por cosas más bien mundanas. Sin embargo, durante esos años, Borges escribió los cuentos de “Ficciones”. Su tiempo en la biblioteca terminó debido a que, en 1946, fue “ascendido” a “inspector de aves de corral”. Ese año, Juan Domingo Perón fue elegido presidente, venciendo así a la Unión Democrática, a la cual Borges había apoyado. Además, Borges era un abierto antiperonista. Por ello lo absurdo de su ascenso.

Otro bibliotecario fue Goethe (1749-1832). En 1775, trabajó con Carlos Augusto, duque de Weinmar. Allí llegó a ser consejero personal del Duque y responsable de la Biblioteca de la Duquesa Anna Amalia, madre de Carlos Augusto. Bajo el cuidado de Goethe, la biblioteca prosperó. El tiempo de préstamo aumentó y las condiciones para volverse usuario se volvieron más flexibles. Además, implementó un estricto sistema de recuperación de libros no devueltos. Tanto así, que ni el Duque estaba exento de devolver los libros en el plazo límite.

Una más, María Moliner (1900-1891), autora del “Diccionario de uso del español”, ese gran compendio etimológico, también trabajó en bibliotecas y archivos oficiales de varias ciudades de España.

Qué dicha trabajar entre letras.
Sapere aude! ¡Atrévete a saber!
@hzagal

LEG

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana