Quienes ejercen o han ejercido el oficio de la diplomacia lo saben muy bien: un encuentro bilateral a nivel de Jefes de Estado está siempre acompañado de símbolos y discursos, sin que forzosamente trascienda el fondo de las conversaciones. El trabajo difícil, que es la negociación de los asuntos complicados, corresponde a las comitivas.

 

Ello quedó acreditado este miércoles en Washington con el encuentro que sostuvieron los presidentes Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador. Críticos y, sorprendentemente, algunos simpatizantes del actual Gobierno hicieron públicas sus posiciones en contra de este encuentro.

 

Quienes expresaron dudas respecto a la reunión explicaron no encontrar razones políticas o beneficios económicos a corto plazo y, más bien, un uso electoral por parte del mandatario estadounidense, de quien se podría esperar cualquier tipo de groserías en contra de su homólogo mexicano.

 

Ni uno ni otro parece haber sucedido durante la estancia de López Obrador en la capital norteamericana. En términos económicos, se trató de poner en marcha, desde el punto de vista protocolario, el mayor instrumento que le permitirá a nuestro país relanzar su actividad una vez superada la pandemia, a falta de un programa agresivo de incentivos destinados al sector empresarial.

 

En el ámbito político, ambos mandatarios parecen haber acordado dejar atrás la serie de agravios, amenazas y declaraciones incendiarias hechas por ambos en el pasado y concentrarse más en las coincidencias que en las diferencias. De todos es sabido el carácter polémico de los dos presidentes, de su forma combativa de ejercer el cargo y del controvertido camino que los llevó a sus respectivas victorias electorales.

 

Omisiones sí las hubo, al menos dos importantes para una estancia en territorio norteamericano. La primera, la falta de un encuentro con liderazgos demócratas que contribuyeron a la adopción del T-MEC y, la segunda, con representantes de las comunidades mexicanas en Estados Unidos, quienes esperan siempre mayor apoyo de su Gobierno, sobre todo con el que simpatizan actualmente.

 

A ninguno de los dos países les conviene poner limón en las heridas del pasado lejano y reciente. De nada sirve en una relación que siempre ha sido incómoda pero necesaria. Ni nacionalismo exacerbado ni entreguismo insultante. Es ese justo medio el que en esta ocasión se percibió y que debe prevalecer en esta compleja relación. El tiempo se encargará de determinar si la visita tuvo la utilidad pretendida.

 

Segundo tercio. El diálogo con el Partido Demócrata existe y corre a cargo del canciller Marcelo Ebrard, quien ha sabido establecer los contactos que permitirán a México mantener el manejo de la agenda bilateral en caso de una derrota del republicano Donald Trump.

 

Tercer tercio. No se trata de estar a favor o en contra de Trump o de su contraparte mexicana. Estados Unidos es la primera potencia económica y militar del planeta y el destino hizo que compartiéramos más de 3 mil kilómetros de frontera con esa nación. Así de simple, o de complejo.

 

                                                                                                                                                 @EdelRio70