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Deshojando margaritas

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                                                                                                        La incertidumbre es una posición incómoda.

                                                                                                             Pero la certeza es una posición absurda.

                                                                                                                                         Descartes

 

Pensar en el pasado nos lleva al sufrimiento; pensar en el futuro, a la ansiedad. La mezcla de ambos hábitos mentales es la fórmula del miedo, que nos grita o nos susurra las posibilidades de lo que vendrá, desde las desgracias de lo que fue.

De acuerdo a la intensidad del miedo, dedicamos más o menos energía para evitar tragedias imaginarias. Y dejamos de vivir en el aquí y el ahora.

Hay dos anclas para el miedo: la experiencia propia y la humana en general. Por ejemplo: una vez que experimentamos dolor por primera vez, nuestro cerebro nos avisará mediante recuerdos desagradables que debemos tratar de evitarlo a futuro.

Este mismo proceso se magnifica en el consciente y el inconsciente colectivos, evidentemente, más poderosos que el individual. Hemos aprendido, generación tras generación, hasta volverlo genético, a pensar en “modo peligro”, por tanto, a tener miedo y, en consecuencia, a desconfiar.

¿Cuándo ese miedo es normal y cuándo anormal? Hay una regla en la psicología: si te dura más de 5 minutos es anormal, pues no supiste oponerle razones de peso a tu emoción desbordada. Imagínese: casi todos hemos vivido acumulando miedos que ocultamos por no saber gestionarlos.

El grado del miedo depende del resultado de un proceso de pensamiento, específicamente de cómo utilizamos el combustible de la vida: la incertidumbre. Sin ella, el ser humano moriría por dentro, devorado por el aburrimiento y el desaliento. Por la incertidumbre resolvemos, creamos, evolucionamos, progresamos.

Cuando nuestro pensamiento nos plantea los peores escenarios –habituados como estamos a recordar los episodios negativos– estamos prefiriendo lo peor que puede pasar –antes que enfrentarnos a la incertidumbre–, pues en nuestra mente podemos resolver la catástrofe, para tratar de evitarla y, en una paradoja irresoluble, hacer un control previo de daños, al menos mentalmente, mediante un proceso que se llama “cierre cognitivo”, necesario por cuanto nos da el alivio requerido con urgencia, pero innecesario si optáramos por dejar de estar torturándonos con el futuro.

No por nada decía Boris Vian, icónico novelista francés, que una solución que te hunde vale más que cualquier incertidumbre.

En la media en que lo que puede pasar es más amenazante, mayor la intolerancia a la incertidumbre y el miedo. Entonces lo hacemos realidad, porque tenemos la atención fija en ello. No conocemos el poder de nuestra mente.

Si personas que no se conocen, pero coinciden en un alto nivel de miedo por intolerancia a la incertidumbre, se dan cuenta de que las cosas no están sucediendo ni al parecer sucederán como esperaban, entrarán en pánico, porque existe la posibilidad de que salgan perjudicados, y no lo aceptan. Actuarán entonces como “la masa”, combatiendo en calidad de enemigo o traidor a cualquiera que haga una crítica, liderados, por supuesto, por aquellos individuos que más miedo tienen y más rencor han acumulado en su vida.

Lo que más nos enferma emocionalmente es la incapacidad de gestionar la incertidumbre. La posibilidad de un daño futuro nos llena de pánico, más contagioso que cualquier virus. Las conductas que desarrollemos colectivamente bajo esta influencia serán aceptadas, justificadas, “normalizadas” por un número indeterminado de mentes que no están dispuestas a aceptar el error; ese tipo de mente que asocia equivocarse con perder valía y no ser digno de ser amado y reconocido. La mente del miedo, cuya experiencia en la infancia fue la exigencia de perfección, bajo el dominio del adulto para el cual nada era suficiente, quien seguramente fue educado de la misma forma, producto en realidad de una programación generacional milenaria.

Este fenómeno psíquico tiene interesantes manifestaciones en lo social. Las ideologías no son más que “cierres cognitivos”, formas de ordenar al mundo en la mente colectiva, ante la incertidumbre que nos causan la desigualdad, la injusticia, la inseguridad, la pobreza.

Ya abundaré en ello la próxima semana.

 

                                                                                                                     [email protected]

                                                                                                                                @F_DeLasFuentes 

 

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