Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

La peste negra

Compartir

Profesor investigador de la Universidad Panamericana, campus México
SNI II

“El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa”, escribió hace unos días Byung-Chul Han. ¿Qué piensan ustedes? ¿Será cierto? Por momentos, los hechos parecen darle, al parcialmente, la razón a este filósofo surcoreano. Hace un par de días, la ministra de Defensa de España, Margarita Robles dijo que el ejército español encontró ancianos abandonados, incluso muertos, en camas de asilos. Una noticia que hiela la sangre.

Las catástrofes naturales, las guerras, las epidemias nos colocan en situaciones límites. Lo peor y lo mejor del carácter humano aflora en épocas de crisis. Y lo peor aún está por venir. No me refiero exclusivamente a los enfermos, que tristemente segurián aumentando; me refiero también a la economía mundial. El caso de México es muy preocupante, pues muchas pequeñas empresas y muchas personas viven al día. No pueden darse el lujo de no salir de casa, simple y sencillamente porque un día sin trabajar es un día sin comer. No es la primera vez que una pandemia desarticula la economía.

En el siglo XIV, la peste negra afectó Europa y Asia. La peste bubónica, transmitida por las pulgas de ratas negras, comenzó en Asia en 1346. Para 1348, ya había llegado a Italia, desde donde se extendió al resto de Europa. Fue una pandemia que le costó la vida a una tercera parte de la población europea. En alguna ciudades como Florencia, la mortandad fue peor. De una ciudad de cien mil habitantes, dicen algunas fuentes, sólo sobrevivió una décima parte. Londres, habitada por setenta mil personas, perdió 20,000 habitantes

La medicina de la época era impotente. Ni siquiera sabían exactamente como se transmitía el mal. Pensaban que era a través del aire, por lo que se utilizaban “mascarillas” impregnadas de incienso, clavo, azufre. Se creía que los olores fuertes neutralizaban la enfermedad.

Dada la impotencia de la medicina, la gente se volcó a la religión. Se imploraba la misericordia divina, con oraciones, ayunos, penitencias y procesiones. Por cierto, ¿sabían que la presidenta de Bolivia ha convocado a sus conciudadanos a una jornada de oración y ayuno para enfrentar el coronavirus? No sólo nuestro presidente ha invocado al dios cristiano como escudo contra las calamidades.

Pero regresemos al siglo XIV. La peste desarticuló la economía por completo. No había quien labrara los campos. Los alimentos subieron de precio, provocando hambre, que debilitaba el sistema inmune de los pobres, haciéndolos aún más susceptibles a la enfermedad. El comercio se paralizó, en parte porque no había mercancías, en parte porque muchas ciudades cerraron las puerta de sus murallas. En los campos, se incrementó el pillaje. Los gobiernos dejaron de recibir impuestos.

Diariamente se recogían los cadáveres en carros para enterrarlos en fosas comunes. No había madera para tantos ataúdes, ni tiempo para rezos. Cuando la peste aparecía en una casa, era frecuente que, literalmente, se encerrara a sus habitantes como si fuese una prisión. No faltó quien acusará a los judíos de envenenar el agua de las fuentes y se les persiguió como si fuesen los causantes de la peste.

La peste no acabó de un día otro. A lo largo del siglo XIV hubo más brotes, aunque ninguno de la magnitud de la peste negra de 1348. En realidad, lo sorprendente es que tantos europeos hayan logrado sobrevivir a ella.

Durante los años de la peste hubo robos, matanzas, fanatismos; pero también hubo médicos, alguaciles, sacerdotes, enterradores que dieron su vida por ayudar a los demás. Los médicos y los sacerdotes que atendían a los enfermos eran los más vulnerables. Se calcula que en Inglaterra y Alemania, murió la mitad del clero. Muchos de ellos se contagiaron mientras consolaban a los moribundos. Como les decía, en México lo peor está por venir. Debemos preparanos para vivir la solidaridad.

Sapere Aude! ¡Atrévete a saber!

Dr Héctor Zagal
Profesor investigador de la facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana
@hzagal

Compartir

NOTAS RELACIONADAS

ÚLTIMAS NOTICIAS

ÚLTIMAS NOTICIAS

OPINIÓN