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El enojo de las élites

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Basta con revisar el humor de las redes sociales -Twitter como mejor espacio de medición- para percibir el enojo de una parte de la opinión pública y de la ciudadanía en contra del Presidente de la República y de su gabinete. Inexplicable para unos, explicable para otros, los niveles de aceptación del titular del Ejecutivo son los más altos desde que existen mediciones de este tipo.

 

¿Cómo entender este fenómeno? Para ello, se debe partir de un dato duro: de acuerdo con el sitio oraculus.mx, en el que se hace un promedio de las principales casas encuestadoras del país, el nivel de popularidad de Andrés Manuel López Obrador ascendió, a diciembre de 2019, a un 70%, mientras que la tasa de rechazo se colocó en 26%.

 

Difícil para los críticos de la nueva administración aceptar este resultado si se toma en cuenta una serie de indicadores y situaciones desfavorables registrados en el primer año de Gobierno. Estancamiento económico, índices históricos de violencia, caso Culiacán, desabasto de medicamentos y de combustibles, entre otros temas, han nutrido los argumentos de quienes militan en contra de la Cuarta Transformación.

 

Sin embargo, ninguno de los irritantes surgidos en el transcurso del año pasado vino a trastocar la imagen presidencial. Este fenómeno podría explicarse por dos razones esenciales: comunicación y políticas disruptivas.

 

De todos es conocido que el centro de la comunicación gubernamental se ubica en la figura presidencial. Con las conferencias de prensa mañaneras, los discursos pronunciados posteriormente, sus giras de fin de semana y los mensajes enviados a través de las redes sociales, el primer mandatario acapara la atención mediática y fija la agenda de discusión, en la que, quiérase o no, todos participamos.

 

De esa comunicación, más allá del centralismo en una sola figura, destaca un lenguaje directo, que ha sabido llegar al grueso de la población. Disruptivo, de confrontación y cercano a la gente -no siempre respetuoso de los códigos de sintaxis-, su discurso ha logrado, lo que en pasadas administraciones fue un reto, llegar a la base social.

 

A esta ruptura comunicacional, que sin duda es un nuevo paradigma, se suma una forma muy diferente de hacer política, alejada de la ortodoxia que caracterizó al servicio público en la era moderna del país. Esos cambios, abruptos y sin una transición que los hiciera más digeribles, son lo que han generado una ruptura con las élites.

 

Guste o no, estamos frente a una nueva etapa, tanto en el manejo de la comunicación como en la gestión gubernamental. Ese cambio es el que ha sido bien recibido por una mayoría de la ciudadanía. ¿Es el camino correcto? Sólo con el tiempo se podrá responder a esta interrogante y dar, o no, la razón a las élites, que han hecho de la crítica una de sus principales estrategias.

 

Segundo tercio. Aprobado el T-MEC en el Senado estadounidense, el próximo reto a vencer se encuentra en el proceso legislativo en Canadá. Se antoja una etapa compleja, dadas las diferencias del primer ministro Trudeau con Donald Trump.

 

Tercer tercio. México calcula que será hasta el próximo mes de julio cuando el renovado tratado comercial de América del Norte pueda entrar plenamente en vigor. 

                                                                                                                              @EdelRio70

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