Foto: Cuartoscuro En el centro de la plaza van formando un círculo, poco a poco la música se va apagando hasta que uno de ellos toma la palabra  

Son poco más de las 10:00 horas, pero el sol ya escuece la piel y el asfalto parece hervir en las inmediaciones de la estación migratoria Siglo XXI del Instituto Nacional de Migración (INM), donde migrantes africanos se organizaban para marchar y pedir que les permitan el paso por el territorio nacional.

 

El humo de las fogatas ascendía entre los rayos del sol que se colaba entre los árboles, mientras un grupo de migrantes escribía en pancartas sus peticiones y demandas para poder transitar libremente en el país.

 

Una mujer avivaba el fuego con la tapa de un cesto de basura, mientras los niños juegan alrededor ajenos al murmullo de sus padres; lentamente van congregándose en una columna para emprender su camino por la carretera Tapachula-Nueva Alemania, que los llevará al centro de la ciudad.

 

La mayoría de los niños se han quedado en el campamento, los hombres y mujeres avanzan lentamente llenos de una algarabía que va tomando forma de cánticos que recuerdan los ecos de aficionados en un partido de fútbol.

 

Los migrantes convirtieron un par de garrafones de agua vacíos en tambores que recuerdan ritmos de danzas tribales, un par de botellas de refresco imitan el sonar de un güiro, mezclándose con silbatos y trompetas que dan a la manifestación un aire de fiesta y baile.

 

Al entrar al centro de Tapachula, los habitantes de la ciudad los miraban expectantes desde las aceras. Algunos les tomaban fotos, murmuraban entre ellos, hasta que una señora gritó desde su portón: “Nnosotros los apoyamos, estamos con ustedes”. Sus gritos son recibidos por los africanos con entusiasmo y sonrisas.

 

Sin embargo, no todos opinaban lo mismo, entre el ruido una mujer se acerca y sin destinatario suelta al aire: “Yo no sé que hacen aquí, por qué hacen esto, esto deberían de hacerlo en su país”.

 

En el Palacio Municipal, una brigada de la Policía Federal los espera, que desde las escalinatas resguardan la sede de gobierno, pero a los africanos parece no importarles su presencia.

 

En el centro de la plaza van formando un círculo, poco a poco la música se va apagando hasta que uno de ellos toma la palabra.

 

Su nombre es Pablo, es de los pocos que hablan español. Ante los micrófonos y las cámaras, dicen que ellos no han llegado a Tapachula para quedarse, que están de paso, pero el gobierno les ha mentido, que les han dado largas y papeles falsos para obtener su permiso.

 

“Todos hemos tenido que huir y abandonar nuestros países de origen como única vía posible para sobrevivir. Somos por lo tanto personas desplazadas forzosamente y con necesidades de protección internacional”, afirmó.

 

Alrededor de ellos la gente de Tapachula los miraba, entonces iniciaron un performance, empezaron a decir nombre de países, los mismos por los que han pasado en su camino desde África.

 

Pero, al final, un hombre que imitaba a un policía seleccionaba quién podía pasar y excluyendo a los pobladores de África, simulando la discriminación que dicen padecer desde que llegaron a México.

 

Después otra vez a caminar por la carretera, enfrentando un sol cada vez más agreste, a volver a su campamento donde la mayoría de mujeres y niños los esperan, a sumar otro día más donde no reciben respuesta.

 

 

 

jhs