La ventana de Overton es un concepto usado en ciencia política para analizar los cambios en la opinión pública con respecto a políticas y narrativas que surgen desde el poder público. Habla de una “ventana” de ideas o comportamientos que una sociedad ve como “normales”: todo lo que esté dentro, no provoca controversia y es esperado por la gente.

Las ideas que están fuera suelen ser etiquetadas como “aceptables”, si apenas salen de la “ventana” y pueden someterse a consideración; como “radicales”, si se van alejando de la misma; o como “impensables” si ya caen en extremos de totalitarismo o anarquía.

Con el tiempo, intérpretes de la teoría de Overton explicaron que si quisiéramos cambiar lo que la sociedad ve como “normal”, no deberíamos movernos tímidamente hacia lo “aceptable”, sino hasta el rango de lo “impensable”, para que todas las ideas y comportamientos que caigan entre lo “aceptable” y lo “radical” parezcan más idóneas y deseables frente a las “impensables”. En México, algunos llaman a este fenómeno “subir la vara”: si alguien me reta a una pelea a puño limpio y llego con un lanzagranadas, mi oponente verá un cuchillo más aceptable en comparación.

Esta ida a los extremos, dicen los intérpretes, desplaza el centro de la “ventana” dándole una nueva definición a lo “normal” y esperado en una sociedad, llevándolo más cerca del extremo de totalitarismo o anarquía. Y hoy, en México, parece que estamos presenciando un leve desplazamiento de nuestra “ventana”, gracias al comportamiento del presidente.

“Es excelente tener la fuerza de un gigante, pero es tiránico usarla como uno”, escribió Shakespeare. López Obrador tiene hoy fuerza de gigante, y está bien, viene con el cargo. Lo que parece no haber entendido es que su poder creció, y por ende, el peso de sus palabras; sigue hablando como si no fuese más poderoso que los demás, y eso es abuso.

El problema con que un jefe de Estado ataque a la prensa o a la oposición diciéndoles “neofascistas”, “canallas”, “mezquinos” o “fifís”, no es que estos se entristezcan; lo nocivo es la normalización y el fomento, desde la más alta posición de poder público, de un discurso agresivo: prácticamente le está diciendo a sus seguidores que repliquen esas actitudes, cosa que, según el estudio de la “ventana”, tarde o temprano radicalizará a todas las partes.

En el caso de su relación con la prensa, no es casualidad que organizaciones que defienden la libertad de expresión, como Artículo 19, hayan señalado que las declaraciones de López Obrador “hacia reporteros, reporteras y medios (…) están en contra de su deber (…) de ser tolerante a la crítica” (octubre, 2018). Esto no quiere decir que el presidente deba quedarse callado ante la prensa o las críticas de la oposición; significa no fomentar la normalización de discursos agresivos que suelen llevar la política a extremos indeseables.

Lo cortés nunca ha quitado lo valiente: López Obrador debe responder a la prensa y a la oposición sin tacharlos de herederos de Mussolini. El círculo “te ataco-me atacas-te ataco más fuerte-me atacas más fuerte”, no puede ser auspiciado desde la representación de la unidad nacional. México necesita un presidente que arregle pleitos, no que los encabece.

@AlonsoTamez