Como cada cierre de año desde el de 2013, hemos vuelto a atravesar la memoria por el accidente que desde hace cinco años tiene a Michael Schumacher en un estado tan presuntamente frágil como incierto.

Acaso lo único más grave que dejar de estar, es hacerlo siguiendo estando. Schumi fue recluido sin dejar más que una estela de especulaciones, un blindaje de información tan a prueba de toda filtración, que parece ajeno a nuestros días.

Cuando todo sobre todos parece saberse en tiempo de real (sentimientos, cotilleos, relaciones, motivaciones, idas al café, canción predilecta, intereses que produce la fortuna, dos cervezas de más o de menos, declaraciones fiscales), todo resulta desconocido del mejor piloto de Fórmula 1 de la historia.

Esto ha funcionado a tal extremo que cuanta palabra surgida en torno a Michael Schumacher, suena a oráculo. Si Jean Todt, titular de la Federación Internacional de Automovilismo, admitió haber presenciado un Gran Premio desde su casa con él, entonces el cúmulo de conclusiones contenidas, cual terapia que llevara años en pausa: que el Kaiser mejora, que recupera la memoria, que su movilidad, que la esperanza, que un nuevo tratamiento; que si se vio una dinámica atípica en torno a su mansión en Suiza, todo lo contrario y en todo sombrío; que si padre negó la mudanza a Mallorca, que porque fue por determinado motivo; que si Lewis Hamilton le envió sus oraciones tras romperle alguno de sus récords, que Schumi las recibió con tanta o cuanta conciencia; que si el sensacionalista Bild ahonda en cómo es su rutina, y entonces los neurólogos opinan sobre la presunta técnica de ponerle audio de bólidos para devolver a su mente a los días de gloria.

En términos confirmados, no hay nada más que morbo y la incapacidad para comprender la voluntad de su familia de aislarse de la opinión pública, desde que Schumacher tuviera el percance esquiando en nieve.

En el fondo, la más extraña nostalgia: si de por sí es compleja la ausencia ante la partida de una leyenda, se hace confusa cuando sin haberse ido ha dejado de estar.

Para este 2019, su hijo Mick Schumacher correrá en Fórmula 2, toda vez que fue campeón europeo en Fórmula 3. A cada paso no sólo será comparado en forma y fondo con su padre, también desatará los rumores: cuando nada se sabe, hasta en las muecas del descendiente se rastrea una explicación sobre cómo ha amanecido Schumi cinco años después.

Twitter/albertolati

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