Hagamos de cuenta un juego de monopoly o turista, cuyos elementos sometidos a transacción son atletas, medallas y eventos deportivos.

Que se sepa, España no tiene nada en contra de los kosovares ni algo que se le haya perdido en la extinta Yugoslavia, como no sea un mensaje: que si reconoce la independencia del más pequeño Estado de la región y, por ende, le admite en eventos deportivos disputados en su territorio, de alguna forma legitima o propicia los afanes separatistas tanto de Cataluña como del País Vasco; finalmente Kósovo se ha marchado de Serbia, bajo anuencia de buena parte de la comunidad internacional, justo lo que desearía parte de los catalanes. Algo incluso más complejo sucede con Brasil, que no teme la escisión de algún pedazo de su vasta geografía (digamos, el Mato Grosso al centro o Porto Alegre al sur), pero tampoco acepta a Kósovo; en este caso, alineado a los BRICS, con alta influencia de Rusia (de gobierno pro-serbio y del todo opuesto a la soberanía kosovar), desde Brasilia se niega la legalidad de esa independencia.

Sin embargo, durante los Juegos de Río 2016, las autoridades brasileñas no pudieron hacer nada ni por conseguir que Rusia participara formalmente (por castigo, sus atletas desfilaron impedidos a portar su bandera), ni que Kósovo debutara en el concierto del deporte mundial.

A escasos dos días de la apertura, Majlinda Kelmendi conquistaba la medalla de oro en judo y hacía sonar el himno kosovar. Esa misma joven que en Londres 2012 se vio obligada a participar representando a Albania y que en eventos sucesivos compitió como atleta neutral (como si fuera apátrida). De especial significación fue un certamen en Rusia, con el judoka más poderoso del mundo, en el palco de honor: Vladimir Putin, quien impidió que la bandera de Kósovo ondeara en sus fronteras y ante sus ojos.

Por tratarse de los Olímpicos, Brasil no pudo hacer nada en 2016, aunque en torneos de menor relevancia, el país sede dispone de cierto margen de decisión. Así como Kelmendi no ganó una medalla para la patria kosovar en Rusia, recientemente España refutó a Kósovo como delegación en los Mundiales de karate en Madrid.

Antes de concluir esta semana, el COI habrá emitido una especie de veto a que se organicen eventos deportivos en España. Para enredarnos más, lo ha anunciado en voz de su mayor autoridad española, Pere Miró, a quien se le señalará su procedencia catalana, misma que aquí no es factor: ese espléndido dirigente está, entre otras cosas, para garantizar que la política no interfiera en el deporte. Y, en este episodio, interfiere. O, en palabras de Majlinda Kelmendi, cuando luchaba por acudir a Río 2016: “No entiendo por qué la política tiene que inmiscuirse en todo. Sólo soy una atleta y merezco competir como parte de Kosovo en los Olímpicos”.

Sí, una atleta, mas convertida en pieza de monopoly.

Twitter/albertolati

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