Plácido Morales Vázquez
Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM
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En 1968 en México, DF, pareciere no pasar nada nuevo. La última conmoción popular fue de años atrás: la muerte de Pedro Infante, cuyo sepelio sacó a las calles a cientos de miles de capitalinos, quienes entre lágrimas despidieron al ídolo. Época del cine rural engalanado por charros y cantantes que saturaban los cines de la América Latina, la etapa del dólar a 12.50, la de la consolidación de las clases medias y la de oportunidades para los que alcanzaban ingreso a la Universidad o al Poli. Pero también tiempo de asfixia política, de represión del movimiento magisterial y del movimiento médico, de un único partido del Gobierno que simulaba elecciones sexenales.

En el penúltimo sexenio del desarrollo estabilizador, lo que ocurría en México invadía a la provincia para mostrar cómo la vida en la capital despertaba las fantasías provincianas por vivir en México, para asistir a las funciones de teatro o a las veladas de los cabarés famosos en cuyas marquesinas se renombraban cantantes internacionales.

En 1968, la juventud nacional reflejaba en las baladas simplonas, entonadas por las novias de México y por cantantes meñicos y copetones, en las películas donde prevalecía la competencia deportiva entre el Poli y la UNAM a una juventud frívola y despreocupada.

Pero en las entrañas de la gran metrópoli, en los pocos sindicatos independientes, en los sectores medios ilustrados, en las élites estudiantiles más leídas e influenciadas por el marxismo, en el romanticismo de la Revolución Cubana y el sacrificio del Che se gestaba el germen de la rebeldía.

El 68 fue el momento culminante de una música que llamaba a ser libres, amar y soñar: la de The Beatles; y también de los movimientos estudiantiles que se dieron en otras partes del mundo, principalmente en París, donde las voces se hicieron grito para clamar “hagamos lo imposible”.

La chispa se dio, en aquella gresca estudiantil entre una voca y una prepa, que fue severamente reprimida por los granaderos; en esa pradera seca la lumbre prendió incendiando a los centros estudiantiles. Las marchas llenaron calles y plazas hasta alcanzar el Zócalo, el lugar sacrosanto, y comenzó la desacralización del Presidente; al grito de diálogo, la protesta tomó caracteres de un movimiento popular con banderas democráticas, la derogación del artículo 145 y la libertad de los presos políticos. Por tres meses la ciudad se sacudió con las manifestaciones pacíficas de jóvenes que demandaban libertades.

El movimiento sumó opiniones de intelectuales y opositores. En cuanto subieron el volumen y la intensidad de las movilizaciones, la reacción gubernamental fue más agresiva y el Ejército fue utilizado para represiones más contundentes: el desalojo del Zócalo con las tanquetas, el derribo de la puerta de la Preparatoria de San Ildefonso y la ocupación militar de la Universidad y del Poli.

Por septiembre, ya en víspera del gran acontecimiento deportivo que reunía al mundo en las Olimpiadas, el activismo se intensificó: brigadeo y mítines relámpago; era ya un movimiento con apoyo popular. Así se llegó al mes de octubre y a los mítines de Tlatelolco, a 10 días de la inauguración de las Olimpiadas.

El presidencialismo mexicano, rebasado e incompetente para neutralizar el vertiginoso movimiento estudiantil optó por descabezarlo por la fuerza y se tendió la celada de Tlatelolco en la tarde ensangrentada del 2 de octubre de 1968.

A 50 años del movimiento y de su trágico colofón, el 2 de octubre no se olvida, no se olvida el 68, porque fue un movimiento de esperanza, que demandaba libertades, por participar y decidir. En estos tiempos en que se habla de transformaciones, seguros estamos de que los jóvenes del 68 plantaron varias semillas y son los frutos de hoy.