Hay un sector de los seguidores de AMLO que respingó al enterarse de que Manuel Mondragón y Kalb se integraba al equipo de Seguridad, nombrado por el hoy casi Presidente electo. Pues sí. Ya hemos visto que en esos barrios se justifica lo que sea, de Napito Gómez, a Cuau Blanco y Bartlett, a la pronunciación en inglés de Marcelo Ebrard, al fiscal carnal 2.0. No, no abunda la crítica al líder. Pero lo del señor Mondragón es un aterrizaje forzoso en la realidad. El morenismo más Colonia Roma, tiene una agenda encomiable que incluye la defensa de la diversidad sexual y una política más liberal hacia las drogas. Mondragón, en cambio, tiene cara y verbo de “Te veo con un churro en los labios y te mando a cinturonazos a rehabilitarte”. Es un prohibicionista de viejo cuño, hardcore, y un promotor de la mano dura al que la que la etiqueta con la fecha de caducidad ya hasta se le borró de tan antigua.

Pasa que hoy los efectos de la prohibición, particularmente la de la mota, se discuten en todo el mundo, y esa discusión ha conducido a políticas de apertura, de despenalización, de legalización, como las de Uruguay o las de varios estados gringos, California destacadamente. En México, la discusión ha avanzado en los últimos años incluso hasta los terrenos de lo legal, pero desde luego no solo a esos terrenos: está muy viva en los medios y las redes sociales, sí, pero también en formatos que propician más profundidad, más detalle. Lean sino el inteligente último libro de Nacho Lozano, Mariguana a la mexicana (Grijalbo). ¿Qué van a encontrar ahí? Historia reciente y antigua, entrevistas, datos concretitos de orden científico, referencias con hechos y contexto a las experiencias de otros países, números devastadores sobre los efectos de la prohibición en términos de violencia, reflexiones de un orden digamos filosófico sobre el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos. Y van a encontrar un libro narrado con la acidez y el desparpajo adictivo que distinguen a Lozano, figura y voz bien conocidas en TV y radio, sí, pero sobre todo el libro de un periodista que hizo su trabajo: leyó, preguntó, cruzó datos, asimiló la información. Un libro serio, documentado.

El resultado es muy bueno y muy oportuno. Podríamos calificarlo como el manual del pacheco perfecto. Y es que Nacho Lozano, hombre de muchas luces, sabe lo que deberíamos saber todos: que el pacheco perfecto, como el no pacheco, es aquel que se informa y cuestiona. El pacheco ciudadano, ese que no necesita de hombres duros que le digan qué hacer con su cuerpo.

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