Una vez más, como hace 38 años, el régimen brasileño encierra a unos de sus mejores hombres: Luiz Inácio Lula da Silva. La primera ocasión, la Policía de la dictadura militar lo sacó a rastras de su casa y se lo llevó. Eran tiempos de Lula como dirigente sindical de obreros metalúrgicos que puso en jaque al régimen. Casi cuatro décadas después repiten la misma fórmula: lo quieren confinar en una celda ante la posibilidad de ganar en este año, una vez más, la Presidencia de ese país.

Es claro que el problema de Brasil no es un tema de justicia; el problema de Brasil no es Lula da Silva. El problema es más de fondo; el verdadero peligro es el futuro de Brasil. También es claro que la democracia en América Latina aún no ha cerrado del todo las intenciones golpistas del autoritarismo.

Como el mismo Lula lo señaló en el discurso previo a su entrega, su crimen fue “colocar pobres en la universidad, negros en la universidad, que los pobres coman carne, compren autos, viajen en avión, que los pobres hagan su pequeña agricultura, sean microemprendedores, tengan su casa propia”. Ése es su verdadero “crimen”.

Pobres de sus carceleros, piensan que unos barrotes encerrarán las ansias de libertad, democracia y verdadera justicia de un pueblo golpeado por las dictaduras. Quieren tapar el sol con un dedo. Pobres de sus carceleros que piensan que encerrando a Lula tras unas rejas acaban con los males que aquejan al país sureño. No es justicia la que aplican, y es su odio el que los revela.

Pero a pesar de sus barrotes, a pesar de su injusticia, Lula sigue siendo un héroe para millones de brasileños. Por mucho que el país esté dividido, habrá una cosa que los una. Cuando vean a Luiz Inácio Lula da Silva en prisión, estarán viendo algo más que a un ex Presidente, a algo más que a un dirigente sindical y político, a algo más que a un simple hombre.

“Ya fui condenado a tres años de prisión porque un juez entendió que yo no necesito tener un arma, porque tengo una lengua hiriente, entonces hay que callarme”, dijo Lula en su tan citado discurso previo a su entrega, y agregó: “Soy un ciudadano indignado, porque yo ya hice muchas cosas a mis 72 años. Pero no los perdono por haber transmitido a la sociedad la idea de que soy un ladrón”.

Hoy los demócratas de América Latina debemos alzar la voz para reclamar los atropellos del régimen brasileño a un hombre y a un pueblo que están en camino de recobrar su integridad y su libertad.

Exhorto al Gobierno mexicano a exigir a sus homólogos en ese país que no prolonguen la injusticia cometida y den garantías para que el proceso electoral en esa nación siga el curso democrático que debe tener con la participación de Lula da Silva en la boleta.

Ése sí es un acto de justicia.

 

 

 

 

JNO