Si algo suele diferencia al derbi vasco del resto de las grandes rivalidades del planeta, es que cuando sus adversarios no se enfrentan, suelen desearse lo mejor.

Confraternidad vasca que ha llegado a casos muy extremos; por ejemplo, cuando un equipo de Euskadi no se esforzó demasiado en ganar su partido ante algún vecino urgido de puntos para no descender.

Eso ha sucedido por varias razones, aunque la principal es que los clubes vascos normalmente se aproximan al resto de los cuadros españoles desde una especie de otredad, desde un sentimiento de ser ajenos que los une como fuerza regional (algo impensable, por ejemplo, entre Betis y Sevilla, entre Barcelona y Espanyol, entre Real y Atlético de Madrid, entre Valencia y Levante, sin dejar de remitirnos a clásicos confinados a divisiones de ascenso como los ardientes Cádiz-Jerez y Extremadura-Mérida).

Lo anterior pudo haber cambiado esta semana, cuando el Athletic de Bilbao decidió pagar la cláusula de rescisión del capitán de la Real Sociedad, Íñigo Martínez. Deposita esa cifra quien está decidido a no negociar, seguramente porque sabe que hacerlo no llevará a acuerdo alguno; finalmente, es la única forma de saltarse las conversaciones.

Así fue el caso reciente de Neymar o el más remoto de Luis Figo: el Barça nunca se hubiera sentado a discutir condiciones ni durante el pasado verano con el París Saint Germain ni 18 años atrás con el Madrid.

Como sea, los bilbaínos depositaron esa cantidad, abriendo una herida en su teórico aliado: sin su mejor defensa, sin uno de sus mayores líderes y sin margen de reacción al darse la escapada a un día de cerrar el libro de registros a mitad de temporada.

Vale la pena aclarar que existen precedentes, pero, sobre todo, el efecto que tuvieron. En 1989 el Athletic se llevó por esa vía a Loren Juarros, lo que derivó en que la Real cambiara su esencia, aceptando por primera vez la llegada de elementos extranjeros (hasta antes, compartía con los de Bilbao el ideal de limitarse a jugadores de la región o surgidos de su cantera; ahí pasó a un modelo extraño: abierto a foráneos, pero no a españoles ajenos al País Vasco o, en su defecto, a la vecina Navarra).

Como entonces, los derbis vascos cambiarán y se harán más similares a los del resto del mundo en términos de enemistad. La confraternidad vasca se ha roto. Si la última vez derivó en un cambio de política de fichajes, para que pudiera competir el menor en presupuesto, esta vez se entra en una suerte de paz armada.

El ecosistema del futbol ve a un tiburón del tamaño del Mánchester City pagar al Athletic la cláusula de rescisión de Aymerik Laporte, sólo para que un par de días después sea el Athetic el que paga a la Real la de Íñigo Martínez: la ley de la selva, pues, y en ella los rivales no saben comportarse como amigos…, por vascos que sean.

Twitter/albertolati

JMSJ

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