Lo sabe un inmigrante, lo sabe un equipo: mudarse de casa no siempre representa haberse mudado de hogar.

 

Para lo primero basta con un cambio físico, con aventar al camión o maleta los enseres personales, con desplazarse y ya dormir (o, en el futbol, jugar) en una nueva morada. Para lo segundo, hay resistencias que hacen todo más complicado.

 

¿Podemos hablar de estrés del exilio en un deporte millonario, con equipos conformados por quince nacionalidades diferentes, con muchachos habituados desde la adolescencia a rotar de país, con entrenadores que no saben en qué idioma trabajarán mañana y aficionados convencidos de que lo único que permanecerá es el escudo del uniforme? Sí, ahí está el Atlético de Madrid, en teoría más a sus anchas en el moderno Wanda Metropolitano aunque por ahora nostálgico del Vicente Calderón. Ahí está también el West Ham, año y medio después de haber despedido con lágrimas su Boleyn Ground, en total desarraigo en el Estadio Olímpico de Londres 2012.

 

Si en la vida sucede con la nueva cama a la que se desconoce y en la que no se descansa, en el futbol se da con esa cancha sobre la que se patea el balón con renuencia a asumirse locales; sucede ante esa grada que incluso ubicada a poca distancia de la anterior (10 kilómetros para los colchoneros, 5 para los hammers), cuesta considerar propia; sucede con olores, vibraciones, referencias, sensaciones, que inexplicablemente se echan en falta.

 

El Atleti que fue capaz de acceder a dos de las últimas tres finales europeas, seguramente quedará fuera de esta Champions League tras la fase inicial. Su grupo es difícil y además carga con no haber podido contratar refuerzos en verano, pero si algo caracterizaba al once de Diego Simeone era abundar en estoicismo tanto como negarse a las excusas.

 

En cuanto al West Ham parece paradójico que su versión más millonaria, que es la actual, luzca inferior a las mucho más modestas de años anteriores. Desde que dejó el estadio ubicado en Upton Park, su pequeña fortaleza por 112 años, los East Enders juegan con confusión, como si la cancha hubiera cambiado de forma, como si las reglas de este deporte ya fuera otras, como si ahora tuvieran que patear cuesta arriba el balón. Más de 160 millones de dólares en dos veranos es bastante dinero para un equipo de raíz humilde y, por ende, que se conforma con poco.

 

Ese poco, que es una cómoda permanencia, se expone esta vez demasiado comprometido. Al tiempo que dos recién ascendidos e inéditos en Liga Premier, Huddersfield Town y Brighton and Hove, se han acomodado rápido a esa nueva realidad competitiva con planteles mucho más humildes, el West Ham ha olvidado cómo sumar puntos.

 

Nada desconocido para un club que ha estado en el descenso en tres de las últimas catorce campañas, aunque sí inexplicable con la realidad actual: hombre por hombre, el West Ham que se metió a Europa League en 2016, era por demás inferior a éste.

 

¿Todo es culpa de la mudanza? Simplificarlo tampoco resolverá nada. Como sea, en lo que se exploran respuestas, es factible que el equipo de Javier Hernández cambie de director técnico a la brevedad.

 

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Alberto Lati

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