El presidente hasta en la sopa

Julio Patán

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Es sano darse una vuelta por Nueva York. No para el bolsillo, porque la ciudad sigue siendo cara hasta lo cruel incluso con la recuperación del peso frente al dólar, pero sí como recordatorio de que Donald Trump –a propósito, el más impresentable de los neoyorquinos– ganó, pero no ha logrado borrar del mapa a sus enemigos.

 

Las noticias que nos llegan de los EU son bien sobre tweets o declaraciones repugnantes de su líder, bien sobre el estancamiento en la corte de alguna propuesta de ley estúpida y/o fascistoide, bien sobre una orden ejecutiva para aplicar una ley estúpida y/o fascistoide, bien sobre los efectos de esas leyes sobre los objetos del prejuicio del presidente –militares transgénero, indocumentados, el clima–, o bien, en el otro lado del espejo, sobre la resistencia al fascismo trumpiano de los demócratas, las organizaciones civiles, los medios, ciertos alcaldes y gobernadores. El caso es que Trump ha logrado infiltrase en nuestras vidas, hay que reconocerlo. Eso también lo delata como populista. Dijo Borges alguna vez que a él le gustaban los gobiernos que pasaban desapercibidos. Es más que una ocurrencia. Los gobiernos omnipresentes, todoabarcantes, son siempre gobiernos de los que hay que desconfiar. Me lo hizo ver también el notable escritor venezolano Alberto Barrera, cuando me dijo que uno de los problemas con Hugo Chávez, al margen de su incompetencia, su corrupción, su autoritarismo, era que no dejaba de hacerse presente en cada minuto de los medios, en cada junta de padres de familia, en cada fiesta, cada sobremesa.

 

Eso ha pasado con Trump: sabe meterse en nuestra cotidianidad, ya no digamos en la de los norteamericanos. O tal vez no tanto, y ése es mi punto. Nueva York no votó por Trump, no quiere a Trump, está en rebeldía contra él. Nueva York no va a entregar como si nada a los indocumentados que trabajan aquí, ya lo sabemos. Va a impugnar jurídicamente lo que tenga que impugnar, va a manifestarse en las calles. A resistir. Pero hay otra forma de rebeldía, y es la naturalidad. El lugar común aplica: la vida sigue. Abunda la gente que te contesta en español, por las calles circulan de la mano parejas con orígenes y preferencias de lo más variados, los bares y los restaurantes se llenan; por supuesto, no hay señales de la ultraderecha racista.

 

Y es que, por si quedaba duda, a lo que se opone toda forma de autoritarismo, en el fondo, es a lo natural. A lo normalito. Aquí, esa batalla la sigue perdiendo. No: el presidente no aparece hasta en la sopa.

 

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