En vano se buscará un futbolista cuyo precio haya subido de manera exponencial a esta velocidad. Claro, en todo momento hubo promesas por las que se ofrecieron cheques de escándalo, pero, a reserva de que Kylian Mbappé sea traspasado por una mayor millonada, la inflación de Ousmane Dembélé rompe todo registro.

 

Enlistado ya como el segundo jugador más caro de la historia, con un precio superior en 40 por ciento al pagado por quien le sigue (Paul Pogba), desconocido 18 meses atrás y poco conocido hasta hace ocho, nadie duda de que su velocidad, su habilidad, su desequilibrio, pueden colocarlo en la élite de este deporte…., élite a la cual, de momento, no pertenece.

 

Muchas veces he explicado en este espacio que en el futbol hoy se cotiza mejor el futuro que el presente; factor al que deben añadirse otros dos que obligaron al Barcelona a elevar su oferta hasta llegar a los 150 millones de euros: que los demás supieran que tenía tanto dinero como urgencia de gastar (en los dos casos, consecuencia de la salida de Neymar).

 

No será el reemplazo de Neymar, porque simplemente no lo hay, porque de momento no existe par, porque cuando se pierde a un deportista de esa dimensión se ha de hacer desde la resignada certeza de que nada será igual –de ahí que sólo con una modificación más profunda en el planteamiento o plantel se pueda salir fortalecido.

 

La ecuación es simple: si alguien hubiera ofrecido al Barcelona una negociación que incluyera 72 millones más Dembélé a cambio de Neymar, en automático habría respondido que no. El prometedor extremo era muy deseado en el Camp Nou, pero como relevo, alternativa o diamante a ser pulido; de ninguna forma como sustituto y en ningún caso por más de 70 millones.

 

Como sea, Dembélé sabe que desde su presentación tendrá al brasileño como referencia y pesada comparación. Más que pararse en un vacío, lo hará en una especie de agujero negro. Por si faltara presión, su otro gran rival será el precio: no mucho tiempo atrás en el Barça hubo cracks que ni remotamente costaron lo mismo: en 2003, Ronaldinho, que ya había sido titular del campeón del mundo, 27 millones; en 2009, Zlatan Ibrahimovic, el mejor futbolista del Calcio, 66 millones; en 2014, Luis Suárez, ya mejor delantero de la Premier League, 65 millones.

 

La misión no será fácil y menos en un Barça que entra a esta temporada en caos, en urgente necesidad de renovación, por primera vez (la frase duele más al ser de Gerard Piqué) asumiéndose por debajo del Real Madrid.

 

¿Qué rol ejercerá Dembélé? El mismo que si hubiese costado la tercera parte: el del quien tiende a ser, pero todavía no es.

 

Twitter/albertolati

 

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Alberto Lati

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