Encabezados de periódicos nos vislumbran desde el pasado como si lo de hoy fuera el apocalipsis del balón: ¿cómo serían las ligas europeas si sus equipos dejaran de pertenecer no sólo a los socios (como ya por entonces sucedía, convirtiéndose los clubes en sociedades anónimas), sino incluso a capital de la ciudad sede?

 

El Celta, club tradicional de Vigo y que representa demasiado para la cultura gallega enfatizando en el nombre mismo su legado céltico, será pronto de propiedad china.

 

Cien millones de euros propiciarán que la institución ya no pertenezca a Carlos Mouriño (sí, el padre del fallecido Secretario de Gobernación, Juan Camilo), para pasar a manos de un grupo de inversionistas chinos. Por supuesto que en dicha ciudad gallega hay incertidumbre, con una primordial preocupación: perder la identidad, pasar a ser como cualquiera y ya no tener mayor seña distintiva.

 

No es sólo quién pone el dinero, sino que el común de quienes lo hacen pretenden (y no con poco derecho) también contar con voz y voto: en contrataciones, en proyectos deportivos, en precios de boletaje, en patrocinios, en la elección de directivos y director técnico.

 

Ninguna compra ha sido más controvertida que la del Manchester United por parte de la estadunidense familia Glazer en 2003; a tal grado que varios aficionados decidieron quemar todo vínculo con el equipo y mudar su pasión al entonces recién fundado FC United, hoy en sexta categoría. Cosa curiosa, es difícil hallar un club cuyos dueños foráneos hayan decidido intervenir de forma tan discreta en sus decisiones. Contrastemos ese caso con el del Chelsea del ruso Roman Abramovich, del Manchester City del jeque Mansour bin-Zayed, del París Saint German del qatarí Nasser al-Khelaifi, de la Roma del ítalo-estadounidense James Pallota o del Inter del indonesio Erick Thohir (por no decir con algún caso de verdad extremo que afortunadamente se extinguió solo, como aquel magnate ucraniano Dmitry Piterman, que no tenía reparos en dirigir desde la banca al Racing de Santander): sin duda, la diferencia es abismal.

 

Cada afición hablará de acuerdo a su experiencia; difícilmente se quejarán de esa consecuencia de la globalización los seguidores citizens que al fin pertenecen a la alcurnia británica del balón o los del Leicester City (dueño de Malasia) que impensablemente se han coronado en la Premier.

 

No obstante, vale la pena reparar en que de los veinte cuadros de la liga inglesa, no más de cinco pertenecen a capital local. Al tiempo, en España, la mitad de los clubes ya tienen inyección extranjera (el Celta chino inclinará la balanza, haciendo más las entidades con inversionistas de fuera) y Italia la tendencia es similar. La Bundesliga alemana es la única que se resiste y eso debido a una regulación que lo impide.

 

El Celta será chino, como Atlético, Espanyol o un porcentaje del City. Visto el temor que había años atrás a esta etapa y confirmada la salud de la mayoría de los equipos europeos (con tan estrecho vínculo respecto a su ciudad como siempre), no dudo que se exageró al prever todo un apocalipsis del balón.

 

Eso sí, nos asomamos a un precipicio y es imprescindible tener cuidado. Más que nunca, los clubes del viejo continente deben aprovechar el dinero del país de donde venga, pero entender que todo puede estar en venta menos la identidad y el respeto a su afición.

Alberto Lati

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