En un oficio cada vez más marcado por estridencia, delirio de persecución y egolatría, Enrique Meza siempre ha sido diferente: por su serenidad, por sus modales, por la humildad en su discurso.

 

Al describir la máxima vanidad de los directores técnicos, Jorge Valdano retomaba un relato de Jorge Luis Borges para referirse a esa fantasía de control total desde el banquillo: dos reyes juegan ajedrez mientras sus respectivos ejércitos pelean. “Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e, inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro… Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: tu ejército huye, has perdido el reino”.

 

Nada más alejado de la realidad, a lo largo de su dilatada carrera como entrenador, el apodado “Ojitos” jamás ha pretendido acaparar el mérito de lo bueno o achacar lo malo a sus pupilos; Enrique Meza ha disfrutado sus numerosas victorias restándose importancia y ha padecido las infaltables crisis asumiéndose como pararrayos (por ejemplo, al salir de la Selección mexicana en 2001: “que venga alguien mejor que yo. Acabo de avisar a toda la gente que me trató tan bien, que busquen a alguien competente que pueda ayudarle a los jóvenes que se han portado muy bien conmigo”).

 

Esta vez y en un complicado momento al frente del Morelia, Meza obsequió un rosario a su DT rival, Matías Almeyda, al que conmovió al máximo; el ahora estratega de Chivas recorrió el futbol europeo y fue pieza importante en su selección, pero en sus palabras posteriores resultaba evidente que nunca –o pocas veces– había recibido un detalle así.

 

De inmediato recordé una anécdota personal con el propio Profe Meza. Hacia fines de 2002, recién me había mudado a España para iniciar una corresponsalía; el “Ojitos”, acompañado por dos miembros de su cuerpo técnico, pasaba unos días en Madrid, estudiando y viendo futbol. Nos encontramos por la Gran Vía y no me dejó solo un momento; fuimos juntos al Calderón a ver un Atlético-Betis, compartimos mesa en el restaurante menos pretensioso que se pueda imaginar de Europa, visitamos librerías, me explicó con paciencia cada detalle futbolístico que le consultaba y, como suele hacer, me regaló un libro de superación con una emotiva dedicatoria.

 

Ante todo agradecimiento, reacciona igual que ante todo elogio que haya llegado durante sus cuatro títulos en el futbol mexicano: tímida sonrisa y rostro ladeado, minimizando la relevancia de su rol.

 

Es factible que su estancia en Morelia no se prolongue demasiado; de momento ocupa el fondo de la tabla de descenso y acumula cuatro derrotas en sus últimos cinco cotejos. Como sea, alguien como Enrique Meza pasará a la historia de nuestro deporte muy por encima de sus aportes futbolísticos y de su innegable capacidad de liderazgo; es, como pocos en la historia de este futbol, un gran tipo: cercano, consejero, respetuoso, incondicional, motivador, inteligente, ético.

 

Almeyda hizo su mejor declaración desde que llegara a Guadalajara: “muchas veces ustedes los mexicanos no se dan cuenta de lo que tienen”.

 

Sí: mientras el juego parece consistir en una competencia entre ser paranoides y disruptivos, burlesca sinfonía en yo mayor, Enrique Meza prefiere salir a hacer sentir bien a un rival, en una noche en la que su trabajo está en riesgo.

 

 

Twitter/albertolati

Alberto Lati

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