Inglaterra y su Big Sam

Alberto Lati

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Tener la mejor liga de ninguna forma se ha traducido para Inglaterra en una buena selección o, al menos, un equipo más o menos estable.

 

Como prueba, el desastre en que, por unas o por otras, vive instalado el representativo nacional. Ahora un escándalo ha precipitado la salida de Sam Allardyce, pero en otras épocas hubo casos similares con los directores técnicos nacionales: en los setenta, la desvinculación de Dom Revie terminó en los tribunales; en los noventa, Terry Venables se vio involucrado en una red de comisiones pos traspasos; en los primeros dosmiles, Sven Goran Eriksson, más allá de sus líos de faldas, fue grabado por una cámara oculta confesando imprudencias sobre sus dirigidos.

 

Selección que se ha acostumbrado a vivir a la deriva y siempre lejos de las expectativas, es común que Inglaterra goce de la liga más mediática y pague más que ningún otro país a su seleccionador, sin compensación a cambio en Mundiales o Eurocopas.

 

“¿Qué pudo ir mal?”, planteaba un editorial posterior a la eliminación del Mundial 2014 en plena fase de grupos. Hablaba de las tecnologías implementadas, de la cuidada planeación, del sofisticado campamento instalado en Brasil, de las ciencias y psicologías aplicadas al plantel, de la generación de talentos que supuestamente llevaría a ese cuadro al siguiente nivel.

 

A diferencia de lo acontecido dos años antes, cuando Roy Hodgson relevó a Fabio Capello a pocas semanas del debut en la Euro 2012 (otro caos: el italiano huyó al no coincidir en quitar la capitanía a John Terry, acusado de racismo), en Brasil 2014 todo había sido calculado para el éxito.

 

El problema con la selección inglesa es que siempre hay un problema. Cuando no es con los jugadores, dados a la borrachera y el conflicto en público, es con seleccionadores incapaces de triunfar en ese cargo o, peor, de llevarlo con dignidad.

 

En relación con Sam Allardyce, al menos, nadie habrá de mostrarse sorprendido. Sus antecedentes, con no pocas acusaciones de corruptelas y comisiones (pregúntele a Jared Borgetti, relegado del once en el Bolton por sus representados), referían prácticas alejadas de lo idóneo para esa posición. Puede entenderse lo que representa dejar ese banquillo para quien soñó con ocuparlo toda una vida, para quien por varias décadas lo vio como la mayor de las metas; no puede entenderse que quien cobraba tanto y a quien había sido perdonado un pasado siniestro, se haya expuesto así, aconsejando a desconocidos sobre cómo burlar las reglas de quien le daba empleo.

 

El futbol, como casi todo, hoy vive juzgado por prontas inquisiciones (¡que lo quemen!, suelen clamar en coro las redes sociales). Aquí, no obstante, Allardyce no tuvo defensa. Menos todavía, trabajando para la federación de futbol que mayores críticas a hecho a la ética imperante en la FIFA.

 

Otro tema distinto es si una investigación periodística posee derecho para disfrazar reporteros en aras de extraer confidencias o hacer caer en tentación a un personaje. A su favor, reiterar que la información sí era de interés general y hasta evidenciaba el patrón de comportamiento del líder mayor de la selección. En contra, que se utilizó un mecanismo de grabación oculta, al que se le atrajo con un montaje.

 

Inglaterra habrá de levantarse de su enésimo lío y comenzar de ceros. Cuando más sana, mediática y rutilante parece su liga, más irremediable luce su selección.

 

Twitter/albertolati

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