Ya no es solamente Colin Kaepernick. Ya no es solamente una minoría. Ya no es solamente en los confines de una liga. Se trata, ni más ni menos, del movimiento político más masivo que se haya visto en el deporte estadunidense contemporáneo.

 

Un par de semanas después de que el quarterback de San Francisco se sentara durante el himno estadunidense y declarara que “no me levantaré para mostrarme orgulloso ante la bandera de un país que oprime a la gente negra y a las personas de color”, se ha hecho común en el previo a partidos tanto de NFL como de futbol americano colegial, que algún jugador efectúe algún gesto de protesta. Del sentarse se pasó al hincarse (el propio Kaepernick lo hizo a inicios de este mes), y de ahí a otros tipos de manifestaciones; la más suave: unir los brazos durante el himno, como hicieron los Halcones Marinos de Seattle en actitud de unión o solidaridad; la más fuerte: alzar el puño derecho, tal como los Black Panthers a fines de los 70, algo que remite directamente a John Carlos y Tommy Smith en la premiación de los Olímpicos de 1968.

 

El tema escaló en tensión por tratarse del aniversario 15 de los atentados de Nueva York, aunque esa lectura es errónea: quien se hinca o alza el puño en el himno no tiene por qué estar faltando al respeto a las víctimas del terrorismo o a los soldados perecidos en cualquier guerra. Quien lo hace está mostrando su inconformidad por la brutalidad policial tan focalizada en los afroamericanos.

 

Barack Obama ha dirigido su comentario respecto a Kaepernick, a la construcción de una mejor sociedad y no al sentido del patriotismo: “Creo que le preocupan algunas problemáticas reales y legítimas sobre las que debemos hablar (…), aunque prefiero a jóvenes que se comprometen en el debate y que tratan de pensar en cómo ser parte del proceso democrático, más que los que sólo se sientan a un costado”.

 

Como sea, la polarización ya es grande y tiene que ver, evidentemente, con un instante tan difícil en la vida política estadunidense; con todo lo que se dice y divide en los cercanos comicios presidenciales; con tantas heridas sociales que parecían cicatrizadas, pero de pronto lucen vigentes y supurantes. Para no ir muy lejos, son poquísimos los deportistas blancos que se han sumado a la protesta y el mariscal de campo Trent Dilfer, ahora comentarista televisivo, dijo el domingo que el trabajo de Kaepernick es quedarse callado (a su lado, Randy Moss, negro y ex receptor, colocó un semblante de mucha molestia). A eso se añade que el liniero de Denver, Brandon Marshall, ha perdido un patrocinio y que un jugador colegial fue suspendido por hincarse en el himno.

 

Consultado por la falta de criticismo o reacciones al interior de las Grandes Ligas, el estelar bateador y no poco político Adam Jones lo atribuía a la baja cantidad de negros que hay en el beisbol profesional; consideremos que apenas 8% de los ligamayoristas son negros, contra 68% de la NFL: “Aquí ya tenemos dos strikes en contra, entonces no nos podemos dar una patada hacia fuera del juego. En el futbol americano no pueden patearlos fuera, en el beisbol no nos necesitan”.

Difícil momento, pero no casual. Kaepernick abrió una caja de Pandora, cuyo interior puede resultar incómodo para muchos, aunque no por ello deja de existir. Al fondo, una sociedad cada vez más rota.

Twitter/albertolati

 

Alberto Lati

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