El camino de Londres hacia Aylesbury es en especial brumoso o, al menos, así lo recuerdo en todas las ocasiones que lo recorrí.

 

Una hora de tren hacia el Noroeste, con la campiña inglesa en verdes difuminados y nebulosos. De pronto, la rasposa voz del conductor clama con sílabas perezosas: “This is Stoke Mandeville. Step down. Stoke Mandeville stadium and hospital”.

 

Dos palabras que, hasta antes de este sitio y no más de siete décadas atrás, nadie se hubiera aventurado a colocar juntas: estadio y hospital.

 

Aquí nacieron los Juegos Paralímpicos. Más importante, aquí surgió el deporte como método de rehabilitación para diversas lesiones. Muchísimo más relevante incluso, aquí se elevaron los conceptos de dignidad e inclusión para las personas con discapacidad.

 

El pasado del sanatorio como centro para aislar a personas con cólera y otras enfermedades infecciosas evidencia cómo se percibía la discapacidad a mediados del siglo XX: precisamente aquí fueron internados miles de soldados que habían perdido alguna extremidad en la Segunda Guerra Mundial, con más necesidad de alejarlos de la vista y la rutina, que de buscar su rehabilitación.

 

Esta historia cambia de rumbo cuando emerge la figura de un gran pionero, de un visionario que modificaría para siempre la noción de lo que aberrantemente se denominaba “minusvalía”, del equivalente paralímpico al Barón Coubertin: Ludwig Guttmann, neurocirujano que escapó de la Alemania nazi por ser judío y por desafiar a la Gestapo al tratar a pacientes sin reparar en raza o religión.

 

¿En qué consistió su legado? En entender que en el deporte se escondían respuestas imprescindibles para rehabilitar a pacientes con lesiones de espina dorsal. A tal grado que fue integrando al hospital numerosas instalaciones deportivas y que, muy pronto, dejó de limitar su ciencia a soldados para ofrecerla a civiles con alguna discapacidad.

 

Camino por la pista de tartán vecina al nosocomio, con Sally Haines, quien fuera tratada ahí mismo más de medio siglo atrás y quien formara parte de la primera generación de atletas paralímpicos a fines de los cuarenta. “Cuando alguien tenía una lesión de espina dorsal era una sentencia de muerte. A menudo lo que mataba a la gente en esa época eran infecciones causadas en la cama, al ser dejados en ella y no moverlos en absoluto porque nadie pensaba que ellos fueran a sobrevivir”.

 

Regresamos hacia el hospital, atravesamos una cancha de baloncesto y nos dirigimos hacia un gimnasio, cuando Sally recuerda el temperamento exigente del doctor Guttmann, su fe en generar actividades deportivas idóneas para cada circunstancia,

su llegada a Stoke Mandeville, su propia historia: “Tuve un accidente de caballo; me caí del caballo y luego pasó por encima de mí. En esa época era el final de todo, te escondían en casa. Pero el doctor Guttmann nos enseñó que la vida no debía terminar por tener una parálisis. Siempre te pedía más esfuerzo, más repeticiones, más movimiento. Más que gustarle el deporte, buscaba cómo ayudar al paciente con el trabajo físico”.

 

Hoy, los Paralímpicos son todo un símbolo de la dignidad y la esperanza. Paralímpicos que arrancan este miércoles en Río. Paralímpicos que permiten hallar perfecta vida tras tanta bruma, como la que nos acompaña de Londres a Aylesbury.

 

Finalmente, si los Olímpicos muestran lo que el humano puede ser, los Paralímpicos enseñan también lo que el humano puede vencer.

Alberto Lati

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