Setenta y seis días de zozobra pasaron. Setenta y seis días de reiterar el carácter devastador y humillante de una derrota. Setenta y seis días de expectativas, ansias y exigencias de cambios que no fueron. Setenta y seis días futboleros que se hicieron muy largos. Setenta y seis días desde el 7-0 propinado por Chile en la Copa América Centenario, a perpetuidad recordada con una mezcla de dolor y vergüenza.

 

Setenta y seis días después, la Selección Mayor de México volvió a sostener un partido y lo ganó. Claro, fue contra un rival con nivel insuficiente para siquiera llegar a la penúltima jornada de la ronda eliminatoria con aspiraciones serias de avanzar al Hexagonal; para mayores datos, la alguna vez mundialista El Salvador, hoy ocupa el sitio 137 de la clasificación FIFA, siendo el decimo séptimo representativo de Concacaf, por debajo de Curazao o Guyana.

 

El asunto es que el Tricolor, dirigido por Juan Carlos Osorio, fue a una plaza de la que queda poco del antiguo alto riesgo y se impuso con relativa tranquilidad. En términos lógicos –y sin olvidar que la Selección no se jugaba nada, pero el seleccionador sí se jugaba mucho, tanto como el puesto– México hizo lo que tenía que hacer.

 

Sucede que el futbol, como la vida, ofrece la ventaja de que siempre (o casi) hay un día después, ocasión de reivindicarse, oportunidad de corregir y enmendar lo que fue demasiado mal. Sucede también que en el futbol, como en la vida, recuperar la confianza perdida es un proceso largo, difícil y frágil.

 

 

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Transcurrirán muchos compromisos, convocatorias, declaraciones, en los que el 7-0 continuará en el aire (caprichos y coincidencias de ese maldito siete: horas después de volver a actuar en un cotejo oficial, el sábado, habían pasado 77 días de la hecatombe); ahí seguirá como espina clavada, como recordatorio, como estigma de una traición que impide al amante (o sea, la estoica y fastidiada afición) volver a entregarse sin condiciones, con fe e ilusión.

 

Para colmo, los tres partidos por delante no ofrecen demasiada posibilidad de redención: este martes, con Honduras en el Azteca y luego amistosos (moleros, sin duda) frente a Nueva Zelanda y Panamá. Así que el Hexagonal final rumbo a Rusia 2018 se tiende a abrir en noviembre tal como estamos ahora: con dudas.

 

¿Cuándo se acabarán las dudas? Suena extremo, pero acabarse como tal, no antes de la Copa Confederaciones de Rusia 2017 y eso con una actuación destacada frente a rivales de primera línea. Lo del Hexagonal, que es el camino hasta entonces, sólo puede profundizar la crisis y no resarcirla.

 

A jugar y demostrar, que no queda más. Visto que los cambios no han sido en nombres o puestos, resta que sean en sustancia.

 

Dicho todo lo anterior, por una sola derrota con Osorio como seleccionador; derrota con tamaña carga de dinamita como para catalogar todo lo de antes y mucho de lo de después, como mero efecto de espejismo.

Alberto Lati

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