La embajadora Yelena

Alberto Lati

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Una imagen que no llamaría demasiado la atención si se tratara de alguna base militar estadunidense en cualquier sitio del mundo y si el visitante fuera un deportista o celebridad de ese país.

 

Sin embargo, la aparición de Yelena Isinbayeva en la base rusa en Hemeimeem, ubicada en el este de Siria, ha desatado numerosas lecturas: si la recién retirada mejor pertiguista de la historia acudió para elevar el apoyo entre sus compatriotas a la intervención en el conflicto sirio o si, más bien, ha sido parte de un mensaje a la comunidad internacional tan crítica por momentos con el rol desempeñado por las tropas rusas en esa crisis (por priorizar sus ataques contra disidentes de Bashar al Assad, por usar la irrupción de ISIS como pretexto para centrarse en otros blancos).

 

Como lo queramos ver, algo o mucho tiene de propaganda, tal como a menudo ha sucedido con el ejército estadunidense (sea varias décadas atrás con Jane Fonda en Vietnam, sea en los últimos años con John Elway en Irak o Mark Wahlberg en Afganistán). Máxime si recuperamos las palabras de la tres veces medallista olímpica ante los soldados: “Todo aquí me llena de patriotismo y orgullo. Cada que un avión caza despegaba, era como ese sonido para arrullarnos que estábamos esperando para poder dormir”.

 

 

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Antes, justo cuando se disputaban los Mundiales de atletismo de 2013 en Moscú, defendió con fuerza la entonces recién proclamada ley antipropaganda gay. En aquel evento, unas velocistas suecas se pintaron la bandera gay en las uñas, ante lo que la denominada zarina Yelena alzó la voz: “Es una falta de respeto hacia nuestro país, hacia nuestros ciudadanos, porque nosotros somos rusos. Tal vez diferentes a otros europeos, pero tenemos una ley que hay que respetar. No intentamos imponer nuestras leyes allí donde vamos, sino que nos mostramos respetuosos”.

 

Su cercanía respecto a Vladimir Putin ha sido de sobra documentada. En paseos por las instalaciones, previo al inicio de Sochi 2014, en numerosos actos oficiales o, recientemente, cuando el propio Presidente fue el encargado de consolarla mientras lloraba por haber sido expulsada de los Olímpicos de Río (su entrenador añadió tintes geopolíticos a la sanción por dopaje de Estado: “Estamos en un callejón sin salida. Nos están convirtiendo en Corea del Norte. Nos rodean por todas partes y no podemos hacer nada”).

 

Al referirse a su nuevo cargo en la comisión del atleta del COI, Isinbayeva ha reafirmado esa tesitura: “Tengo un estatus internacional y por ello no puedo limitarme a defender los intereses de un solo país, pero soy ciudadana rusa, por lo que los intereses de mi país serán protegidos absolutamente”.

 

En resumen, que la más carismática atleta de los últimos años seguirá siendo una especie de embajadora extraoficial de su gobierno. Su visita a la base en Siria, con numerosas lecturas sobre lo que se quiso proyectar o difundir desde el Kremlin, la mantiene en ese papel. Una embajadora que ya de por sí era idónea por su impacto e influencia, pero que lo es más a raíz de su marginación de los Olímpicos, en un acto que desde Moscú no se deja de catalogar como sanción política.

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