En medio del frenesí de la clausura olímpica y del último día de competencias, tan saturado de recuentos, poca atención se brindó a lo que acontecía en el cierre de la maratón varonil.

 

Se impuso el gran favorito Eliud Kipchoge, de Kenia, pero la verdadera historia llegó con el medallista de plata, el etíope Feyisa Lilesa. Sus brazos cruzados en equis, tanto al cierre de la carrera como en plena premiación en el mismísimo Maracaná, eran un grito de protesta contra la represión que padece su grupo étnico, los oromo. “Es una situación muy peligrosa la que enfrentamos los oromo en Etiopía”, clamó una vez cruzada la meta, “en nueve meses han muerto más de mil personas en manifestaciones”.

 

No importa el trabajo tan arduo que efectúen diversas ONG como Amnistía Internacional para dar voz a causas tan ocultas como desesperadas; un mensaje en ese momento, queda claro, tiene muchísimo mayor impacto y alcanza a muchísima más gente.

 

 

Athletics - Men's Marathon

 

 

De pronto, un conflicto que había recibido poquísimos reflectores y que resultaba ajeno a especialistas que no fueran demasiado cercanos a ese campo de estudio, tomó notoriedad internacional; hoy, con el clamor de Lilesa, ya sabemos que los oromo constituyen la etnia más numerosa de Etiopía (extendida también a Kenia y Somalia) y que han padecido un largo proceso de sometimiento.

 

Más allá de que Lilesa ingresó al club de John Carlos y Tommy Smith (saludo Black Power en México 68) o, recientemente, de Carmelo Anthony y Serena Williams (en contra de la brutalidad policial contra los afroamericanos), se eleva una interrogante: ¿qué se debe permitir y qué no? Porque no dudo que el deporte tiene que aprovechar su poder para dar resonancia a ciertas causas; el problema es que cuando uno reivindica algo, tarde o temprano habrá quien levante un grito por algo que no compartamos, o que no nos parezca benéfico para los derechos humanos, o que, a nuestro entender, no contribuya a una armonía. Por ello, la Carta Olímpica suele prohibir tajantemente todo tipo de mensaje político o extradeportivo.

 

Lilesa reiteró: “Pertenezco a la tribu oromo. Los oromo hoy peleamos por lo que es correcto: por la paz, por un lugar”. Palabras de las que, a vista de lo que dicen los expertos, no podemos dudar…, pero, ¿y cuando proteste alguien que no necesariamente busque la paz o no al menos lo que luzca a nuestros ojos como la paz?, ¿cómo decirle que deje de hacerlo, que el deporte no es para eso, que lo guarde para otro foro?

 

Por ello la labor del COI es muy delicada. Por ello espero que el mensaje de Lilesa se traduzca en mejores condiciones para su pueblo, pero también que se logren evitar las politizaciones en los siguientes Juegos. Eso espero, a sabiendas de que será imposible y de que es una causa perdida: porque el animal deportivo, no por rápido, no por fuerte, no por poderoso, no por aeróbicamente hiperresistente deja de ser un animal político; con preocupaciones y reivindicaciones, con pertenencia e identidad, con problemas y necesidades.

 

Alberto Lati

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