Havelange y su producto en venta

Alberto Lati

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“Cuando llegué, encontré una casa vieja y como veinte dólares en la caja. Veinticuatro años después, cuando me fui, dejé propiedades y contratos con un valor superior a cuatro mil millones de dólares”, explicaba Joao Havelange al festejar sus 90 años de vida.

 

En perfecta lucidez, caminando siempre erguido, con ojos azules que no por acuosos se conmovían, con mirada desafiantemente altiva, por esa época conversé con él durante el Mundial de Alemania 2006. Tenía ya ocho años de haber dejado la presidencia y ya se le relacionaba con escándalos de corrupción –por ejemplo, la bancarrota de ISL, empresa encargada de explotar los derechos de la FIFA; al paso del tiempo se revelaría que recibió pagos de hasta 40 millones de dólares.

 

Como sea, su presencia hacía que incluso Joseph Blatter cambiara de semblante y se comportara con tensión, que jugara menos a seducir, que recatara sus chillantes e histriónicas bromas; un Sepp ya muy afianzado tras superar en 2002 un fuerte ataque desde su secretario general, Michel Zen-Ruffinen, aunque todavía (y para siempre) a la sombra de su anciano mentor.

 

Havelange era el dueño del balón. Su visión, su ambición, su totalitarismo, sus vínculos con dos multinacionales que hoy son fundamentales como patrocinadores de Copas del Mundo habían cambiado al futbol para siempre. Estados Unidos con el Mundial 1994, Japón que suspiraba por albergarlo todo, la Sudáfrica postapartheid, la reinscripción de China, las inversiones en petrodólares desde el Golfo Pérsico, las repúblicas ex soviéticas deseando ser miembros antes incluso de su admisión a la ONU. Havelange había llegado a un organismo que no tenía ni 20 empleados y se fue con un Mundial aclamado en todos los continentes, deseado por todos los gobernantes, acosado por todas las marcas urgidas de asociar su nombre a ese concepto.

 

Su llegada en 1974 desató un cambio radical. Sir Stanley Rous, aferrado al pasado y queriendo que el último cuarto del siglo XX operara con ética victoriana, no supo contener ese embate en las elecciones.

 

Antes, Havelange había sido olímpico (de Berlín 36 regresó encantado con el proyecto nazi) y se ocupó de reformar el futbol de su país tras dos escándalos: en 1950, el Maracanazo, y en 1954, la “Cámara húngara”, tremenda bronca entre brasileños y húngaros tras su partido mundialista. Así, Joao impuso una disciplina que tendría como frutos tres títulos en los siguientes cuatro torneos, con los que Brasil se descubriría a sí mismo y la Junta Militar (Havelange como gran aliado) se asentaría en el poder.

 

Con él, este deporte se convirtió en industria, en criatura global, en negocio de miles de millones. La actual Liga de Campeones, el impacto de un Mundial que pronto ampliará a 40 participantes, las cifras manejadas hoy, no habrían existido sin el rumbo fijado por el directivo que aseguraba haber viajado a todos los países, menos a Afganistán. Al mismo tiempo, ese éxito probó ser autodestructivo: saqueo de las finanzas de la FIFA, vínculos políticos muy lamentables (el presidente del Comité Organizador de Argentina 1978 estaba directamente vinculado a la desaparición y tortura de disidentes), manipulación del organismo para servir a sus intereses, compra de votos para su perpetuación en el poder y sedes mundialistas entregables al mejor postor, guerra sin cuartel a todo quien osara criticarlo (el propio Pelé llegó a estar vetado).

 

Sin Havelange, el futbol no sería ni remotamente lo que es hoy: en montos, en audiencias, en penetración de mercados, en magnitud cultural y social. Sin Havelange, el futbol tampoco se habría entregado a ese festín del despojo, en el que había tajada generosa para cada cual, burocracia convertida en aristocracia gracias al juego del pueblo.

 

Hace siete años, cuando Río pretendía ser olímpica en la asamblea de Copenhague, Havelange hizo girar la votación a su alrededor, porque a su entender no había más sol que su persona: “Los invito a Río en 2016 para festejar mi cumpleaños cien”, exclamó con la intimidante determinación de siempre. Poco afectó a Río que Juan Antonio Samaranch, quien no habría llegado a la presidencia del COI sin su apoyo, suplicara que se eligiera a Madrid. Joao no sólo mandaba: sabía mandar y garantizar obediencia.

 

El Estadio Olímpico de Río fue bautizado con su nombre, aunque ante su purga del COI por los escándalos de corrupción, esa moción se frustró. De la FIFA también saldría de mala manera en 2012, cuando Blatter pretendía salvar los muebles y aceptaba sacrificar todas las piezas de su tablero a cambio de su continuidad.

 

Havelange murió con los Olímpicos en su ciudad. Unos Olímpicos en máxima crisis a inicios de los ochenta, también moldeados por él: individuo que clamara con su inglés de consonantes fuertes y lentas oraciones, que vendía un producto llamado futbol.

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