La cámara buscaba el perplejo rostro de Neymar tras ser abucheado en la capital de su propio país. Los reflectores se centraban en la sinrazón, en la sorpresa, en la frustración del once brasileño, incapaz de meter gol por segundo partido consecutivo en los Olímpicos. La atención era tan acaparada por el fiasco local que nos olvidábamos de su contrincante: Irak el sufrido, Irak el desgarrado, Irak, donde si las tortugas también vuelan (como probó una bellísima y celebradísima película kurda de 2004) el balón también une.

 

Por mera cuestión de probabilidad y estadística, no puede existir un grupo de más de 15 muchachos iraquíes sin que alguno de ellos haya sufrido algún daño a causa de la guerra (o las guerras, que ya no sabemos cuál terminó y cuál empezó). Bajo ese entendido, basta con revisar cada selección de este país para toparse con casos estremecedores.

 

Está, por ejemplo, el del delantero que hizo los goles para inesperadamente clasificar a Irak a Río de Janeiro 2016 en futbol. Como muchos de sus compatriotas, Ayman Hussein creció sin su padre, perecido en un atentado por coche-bomba; vio su pueblo arrasado por la entrada de ISIS y vive con la angustia de desconocer el paradero de su hermano.

 

Nada nuevo todo ese dolor, inherente a cada etapa contemporánea de la nación del Tigris y el Éufrates, y evidenciado en sus representativos deportivos.

 

En 1986 los iraquíes vinieron al Mundial de México bajo amenaza de ser torturados en caso de no rendir (un castigo común, patear grandes bolas de piedra); de eso se ocupaba directamente el hijo de Saddam Hussein, Uday, en unas mazmorras que serían descubiertas cuando cayó el tirano. El mismo Uday que encabezaba con absoluta impunidad el comité olímpico y la federación de futbol, sin que COI o FIFA hicieran preguntas.

 

En 2004, en el peor de los instantes de la intervención estadunidense-británica, accedieron a semifinales de los juegos de Atenas. Una delegación que podía llorar el asesinato de un futbolista preolímpico, lo mismo que del entrenador de ciclismo, de dos tenistas, del capitán del representativo de voleibol y de todo un equipo de taekwondo.

 

En 2007, Irak fue campeón de Asia con un plantel que ni siquiera podía entrenar en su país y donde causaba extrañeza que sunitas, chiitas y kurdos cohabitaran en perfecta armonía en la cancha. Aquella memorable actuación estuvo acompañada de sucesos lamentables, como un atentado en plenas celebraciones en Bagdad tras superar la final, que dejó más de 50 muertos.

 

El script de esa final continental parecía provenir del guionista más esperanzado y acaso iluso: Yunnis Mahmud, sunita, hizo el gol; Hawar Mullah Mohammed, kurdo, le envió el pase; Noor Sabri, chiita, fue el portero de las atajadas salvadoras. Su entrenador, el brasileño Jovan Vieira, explicaba su primer lineamiento para dirigirlos: “Todos habían perdido a algún amigo o familiar desde los problemas que empezaron en 2003. Pronto entendí que debía prohibir toda mención de la guerra, de religión o de política al interior del equipo”.

 

Ahora Irak, en esta enésima fase de su crisis, ha sacado el empate a Brasil en Brasilia. Cuando pitó el árbitro, una opción era ver con perplejidad a los inoperantes ofensivos verdeamarelas. La otra, puestos a valorar las hazañas y la capacidad para sobreponerse a catástrofes, era ver con pleitesía a los iraquíes.

 

Es la belleza del deporte: que las tortugas casi siempre pueden volar.

Alberto Lati

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