Por treinta años el club AC Milán perteneció a Silvio Berlusconi. Período recién cerrado con la venta del equipo a capital chino, tres décadas que pueden plantearse en dos sentidos: por un lado, el deportivo, con su inmenso aporte al juego y su grandísima colección de los más importantes títulos; por otro, en términos políticos, como soporte popular de la carrera de su dueño hasta lo más alto del gobierno italiano, hasta el mismísimo Palazzo del Quirinale, hasta sus tres etapas como Primer Ministro.

 

Imprescindible preguntarnos: ¿quién habría conocido a Berlusconi de no comprar al Milán?, ¿en qué niveles habría quedado su notoriedad de no haber aparecido en ese palco de San Siro, presentando estrellas máximas del balón o posando ante copas europeas?, ¿habría existido el Primer Ministro Silvio sin antes existir como dueño del Milán?

 

Francamente, lo dudo. Esa imagen de exitoso self made man, esa aura de audacia, ese apodo de Il Cavaliere, esa marca de omnipotencia, ese estigma de voraz tiburón, no se habrían cultivado ni con sus millonarios negocios, ni con su crecimiento como magnate de medios de comunicación, ni con su eterno afán de romper las normas y hacerlo todo a su manera. Berlusconi como político acaso no nació cuando compró al club, aunque sí pocos años después, cuando emergió el equipo más revolucionario de los años ochenta y fue aglutinando hasta cinco Champions League.

 

El proceso duró mucho menos de lo que podría pensarse: de haber adquirido a un Milán arruinado y que recién había deambulado por segunda división, a su conquista de las elecciones generales, sólo pasaron ocho años y un mes; justo de febrero de 1986 a marzo de 1994.

 

Lapso suficiente para que los rossoneri tuvieran dos planteles de época (primero el de Arrigo Sacchi, luego el de Fabio Capello) y, sobre todo, para que Berlusconi convirtiera el grito de batalla de la selección nacional, Forza Italia!, en nombre de su partido, tan obvia politización de una frase deportiva difícilmente volverá a verse.

 

A partir de eso, varios expertos han explorado la relación de su consagración futbolística con su elevación política. Apenas en 2013, su rival electoral, Pier Luigi Bersani, aseveraba que “En mi campaña yo visité a la gente de Pádova y Berlusconi compró a Balotelli”. Así, es posible trazar una serie de paralelos: en 1994 ganó sus primeras elecciones generales, exactamente cuando su Milán se había coronado en Italia y Europa (en la final goleó 4-0 al Barcelona de Johan Cruyff). En 2001 se impuso por segunda vez en los comicios, precisamente cuando acababa de derrochar 150 millones de euros en refuerzos, bajo promesa de que volvería a reinar (llegaron Pirlo, Inzagui, Rui Costa). En 2008 logró su tercer triunfo electoral, cuando venía de alzar otra Champions League más y de imponerse en el Mundial de Clubes.

 

No obstante, sería simplista atribuir su decadencia política a un Milán que dejó de ser dominante, cuando el propio Berlusconi se empeñó tanto en destrozar su imagen y brincar de escándalo en escándalo, cuando su populismo de derechas caducó, cuando su disonancia hastió.

 

La realidad es que su meteórico ascenso sí guardó estrecha relación con el futbol y que, ahora que vende al Milán no podemos olvidar que este fue, acaso, el primer político que llegó a la silla más alta de su país desde el futbol.

 

Luego han venido otros, como Mauricio Macri en Argentina u Horacio Cartes en Paraguay.

Alberto Lati

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