Messi y el arquetipo maradoniano

Alberto Lati

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No. No existe mayor pérdida en el planeta futbol. Lo que cualquier club grande estaría dispuesto y feliz de comprar por 120, 150, 170 millones de euros, el único que lo podía tener gratis lo ha perdido por no saber valorarlo.

 

Argentina sólo comprendió la dimensión de lo que poseía, precisamente cuando dejó de poseerlo. Quizá ahora, en sus súplicas, en sus arrepentimientos, en sus estupefactas portadas de periódicos y luctuosos comentarios, fue capaz de quitar al probablemente mejor futbolista de la historia el molde en que le quiso encasillar –especie de camisa de fuerza–, desde su debut adolescente con el Barcelona.

 

No sólo es que Argentina sea adicta a los tangos, es que el futbol y la cultura popular en general, buscan empecinadamente esa narrativa y, de preferencia, con segundas partes. Bajo ese entendido, Lionel Messi tenía que corresponder al paradigma fijado por Diego Armando Maradona, seguir sus pasos, comportarse a su imagen y semejanza (nunca mejor dicho, dadas las propiedades divinas atribuidas al apodado “Pelusa”). Difícil con su procedencia clasemediera, su idiosincrasia ajena a las villas miseria del extrarradio de Buenos Aires, su adaptación a la próspera Europa, sospechosas para un pueblo que nada más admitiría como sucesor de Maradona a quien montara similares escándalos, luchas de clases, desafíos sociales, delirios de persecución…, todo eso a la par de bordar el mejor futbol y cargar a la patria Pampa rumbo al máximo pedestal del Olimpo.

 

El introspectivo Lio no fue Diego, porque Diego, en su exultante peculiaridad digna de dibujos animados y manual de guerrilla con balón, sólo pudo haber uno. Entonces todo lo que Messi fallara vistiendo de albiceleste, se interpretaría como traición a la patria, como espalda al arruinado pueblo, como negación de su argentinidad.

 

Messi no ha sido campeón del mundo y ni siquiera ha ganado algo con su selección (sobra decirlo, Maradona sí). Sin embargo, ha hecho dos veces a la semana y durante al menos ocho años, algo que ninguno de sus colegas ha logrado ni con tal frecuencia ni en tan dilatado lapso. Claro, pero eso, dicen punzocortantes sus críticos, porque allá actúa rodeado de una gran generación, porque es parte de un trabuco, porque en ese plantel cualquiera. Lo anterior, como si semejante locomotora no se descarrilara demasiado seguido cuando Messi no está. Por piedad no digan que Lionel no marca diferencia, que no hace ganador a un equipo, que no es factor como nadie: no lo hagan porque se verán absurdos.

 

Si es el mejor de todos los tiempos ya lo decidirá cada quien. Que pertenece al listado más bello de lo que el deporte ha parido, nadie podrá rebatirlo. Hacerlo será casi tanto como rebatir al futbol y su capacidad para elevarse al más virtuoso arte.

 

Perdió tres finales en años consecutivos y la posibilidad de trepar a ese pedestal de Diegos, Gardeles y Evitas; afectado porque alguno de sus compañeros (en algún caso, él mismo) no supo anotar lo que casi siempre se suele anotar; incapaz de replicar los títulos que en el Camp Nou colecciona en piloto automático; perjudicado por una federación que pendula entre la corrupción y el caos; obnubilado por padecer en su país lo que en su tierra adoptiva le es gozo total.

 

En uno de sus maravillosos textos, Juan Villoro explicaba que “el drama argentino de Lionel Messi sigue abierto. El que se fue no acaba de volver”. Anunciada su despedida, menos volverá. Peor para su selección.

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