Presumir títulos con seis equipos, incluida la alucinante racha de haber conquistado trece de las últimas catorce ligas que disputó, es algo de lo que podrá presumir Zlatan Ibrahimovic cuando se retire: no importa en dónde y con quien jugó, permanentemente fue campeón.

 

En ese sentido, y tras sus pasos por Holanda, Italia, España y Francia, a Ibra le falta la Liga Premier, justo hacia donde pretende dirigirse ya con 34 años de edad. En concreto, al Manchester United, que puestos al carnaval anglófilo, no hay mejor sitio que la institución más laureada, posicionada y mediática de las islas británicas –con el añadido de su amigo Mourinho como DT y su enemigo Guardiola como rival: la tormenta perfecta.

 

Así como la Juventus no quiso que se marchara cuando fue descendida a la Serie B en 2006 (Zlatan llegó a amenazar con denunciar al cuadro turinés si no se le dejaba salir), y el Inter luchó por amarrarlo en 2009 (logró huir al recordar al dueño una promesa de que si le llamaba el Barcelona sería negociado), y el Milán no concibió su fuga en 2012 (los rossoneri no han ganado nada desde entonces), el París Saint Germain le ha suplicado que alargue su estadía, algo sólo posible si se erigía su estatua en el sitio de la Torre Eiffel, según explicaba el crack en su megalómano estilo.

 

Al mismo tiempo, Cristiano Ronaldo, tres años menor que el gigante sueco, llevaba una eternidad hablando de irse de todos lados, de sentirse triste, de no saber qué sucederá, discurso que modificó este miércoles: que no tiene planes de salir del Bernabéu, que sólo ve su futuro en los tonos blancos del Real Madrid y que si Florentino Pérez es inteligente, tiene que renovar ya su contrato (o lo que es lo mismo, elevarle el sueldo para prorrogar la cantidad de temporadas de duración de ese vínculo).

 

Cristiano dice que se quedará en el Madrid hasta los 41 años, lo que parece descabellado, pero asumamos que lo haga al menos hasta los 36 y con registros sensatos de anotaciones (no el gol por partido que promedia desde su llegada en 2009, pero buenos números); entonces estaríamos hablando de un legado aproximado de 600 goles, una auténtica brutalidad sólo al alcance de lo que Pelé dejó tras de sí en el Santos.

 

Jugadores demasiado similares en temperamento, perfil y en esa vanidad que los lleva a mejorarse siempre y a hallar en cada obstáculo un buen pretexto para la competencia, sus carreras se han configurado de maneras muy diferentes.

 

Ibra va cargado de ese ADN inmigrante del que desciende, al tiempo que el melancólico CR carga en su trayectoria con el fado portugués más remoto, en su natal Isla de Madeira.

 

En el fondo, buscan lo mismo: la permanente idolatría, la sublimación de sus condiciones. Zlatan refutando la monogamia futbolera y convencido de que el camino más corto para la pasión es cambiando de presa de seducción; Cristiano aferrándose al mismo terruño, matrimonio a ratos disfuncional en el que de pronto es amargo despertar, como llegó a ser captado diciendo hacia las gradas ante los pitidos de su propia afición: “¡Hay que joderse!”…, aunque sea hasta los 41 años.

Alberto Lati

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