Empecemos por admitir algo: la tecnología no remediaría este enredo.

 

Incluso con un equipo de varios especialistas analizando la jugada del penal que eliminó al América, incluso con su concentración en numerosas repeticiones, incluso con su debate frío y reflexivo desde el palco, buena parte de la afición habría quedado inconforme con lo que fuera que se terminara determinando.

 

Como sea, no por introducirnos en esa polémica, que hará que ese partido se dispute a perpetuidad y sus minutos se alarguen en los hubieras de la eternidad, dejemos de ponderar una situación: la presunta mano, o como quiera que se le pueda llamar, aconteció en el momento definitivo de un cotejo en especial trepidante, de esos que elevan a nuestro futbol a otra dimensión, de esos que dejarían cautivo a cualquier extranjero, de esos (y no exagero) propios de noches de Champions League y ópera europea.

 

Ya en el América-Monterrey de la temporada regular, fue loable el nivel de emotividad y juego obsequiado. Esta vez, algo similar, con el añadido de tenso furor que representa el haber sacado de ahí a un finalista. No dudo que en un balance de 180 minutos, Rayados fue mejor, pero tampoco me atrevería a decir que ese obstinadamente combativo ente que es el América (club que en sus estertores de agonía, es capaz de hacer los goles que se necesiten), no mereció también la victoria.

 

Un partidazo que, como toda epopeya o saga épica, necesito de dos héroes decididos a sólo morir matando, a sólo dejarse enterrar una vez que el cruel silbato del árbitro lo terminara, a no capitular hasta no ver más balón rodando.

 

¿Lamentable que termine con polémica? Sí, aunque asumamos que hay eliminatorias que sólo pueden cerrar a sombrerazos y con azotón de puerta. Máxime cuando el arbitraje, en México como en el mundo entero, arrastra tamaña racha de descrédito y está tan urgido de legitimidad. En un contexto de confianza en el trabajo de los jueces, la polarización no habría sido tan extrema, mas esta crisis ha llevado a que no se respete su autoridad ni se admita su juicio, a que todos se sientan perseguidos y estafados.

 

¿Fue penal? Veo argumentos para marcarlo (Samudio es imprudente en su movimiento) y también para no hacerlo (¿en dónde impacta la pelota?).

 

Como sea, estas son las noches a cambio de las cuales solapamos largas semanas de sopor futbolístico, partidos saturados de nada, pelotas aburridas en su maltrato; un encuentro de este calibre recuerda los motivos por los que hemos convertido a este deporte en la religión con mayor feligresía del planeta.

 

¿Injusto? La vida es injusta. ¿Cruel? La vida lo puede ser incluso más. ¿Trágico? Pregúntenle a los griegos o a Shakespeare por qué sus finales tenían que incluir cierto vertedero de sangre. Y es que, como la vida, el futbol es así, ahí radica su secreto.

 

Felicidades a los dos equipos y al espléndido trabajo de sus respectivas directivas. A los que sólo pueden interpretar lo sucedido en el sentido del presunto robo o acierto, les reitero: en la jugada que definió esta semifinal, ninguna tecnología les habría cambiado esa sensación.

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