1991: Virus inoculado con rabona

Alberto Lati

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Pocas enfermedades en la infancia me generaron tanto dolor, como aquélla que debí de inventarme por culpa de Edú (o, más bien, de su impecablemente maldita rabona).

 

Hay cosas que un niño Chiva no puede superar, como verse arrollado por el América en plena Liguilla. En ese sentido, mis padres tuvieron la sensatez de no hacer preguntas y permitirme faltar al colegio al siguiente día, por mucho que supieran que mi malestar tenía por causa el centro de Edú y por efecto el cabezazo de Toninho. Estoy seguro de que cualquier radiografía o análisis me habría detectado esa herida rojiblanca que acaso nunca sanó, goles somatizados en perpetuas llagas, psicólogos que, de haberlo intentado, hubiesen detectado esa especie de síndrome del que ha sido goleado en un Clásico.

 

El Guadalajara se llevaría de aquella semifinal de la temporada 1990-91 un marcador global de 5-0, pero, sobre todo, confirmaría en ese momento su incapacidad para competir con las contrataciones sudamericanas del América –en específico, Toninho llegó a México a medio torneo y, apodado “El bíblico”, fue más bien un apocalipsis para el Rebaño; al tiempo, Edú, el de la cruel rabona, había sido seleccionado brasileño en alguna Copa América.

 

Pienso en el mentado episodio como en un trauma para la afición rojiblanca de la época. Afición que por entonces no quería admitir que su hegemonía quedaba muy lejos, que los títulos que hicieron inmensa a esa institución ya nunca se repetirían con la frecuencia de los años cincuenta y sesenta, que el Chiverío ya no era ni por mucho la base del Tricolor, que pasarían 27 años (entre 1970 y 1997) con una sola Liga conquistada, que la grandeza obedecía a historia y tradición, pero, ya de ninguna forma, al presente del club.

 

Este jueves se vuelven a encontrar en una noche de Liguilla, con antecedentes claramente favorables para el América. No sólo es que en ocho eliminatorias previas, seis veces se impuso el conjunto de Coapa (incluida una final); es también que en los últimos años, el Guadalajara se ha fastidiado viendo celebrar muchos títulos a su acérrimo rival.

 

Una noche, junto con la de la vuelta del domingo, que nunca pasará, que ahí se quedará. Una noche de esas que serán citadas por muchos años, tal como aquella de 1991, con la rabona de Edú, que me enfermó y obligó a faltar al colegio.

 

¿Exageración? ¿Enlistar las genuinas e indudables prioridades de la vida? ¿Ponerlo en perspectiva, ahora que no hay primaria en la cual ser atormentado por compañeros águilas y cuando la rutina se ha hecho adultamente seria? Todo resulta inútil ante un Clásico de Clásicos en plena Liguilla.

 

Hoy, como entonces –y disculparán tan personal pasión en un espacio que ha de ser objetivamente periodístico–, creo en el Guadalajara. ¿Por qué? Por la racha que lo llevó de un arranque terrible (ocho cotejos sin ganar), a meterse con comodidad a la pelea por el título (seis ganados y un empatado en las últimas siete jornadas). Por la frescura de un futbol basado en la dinámica de una nueva generación. Por la labor, evidente y loable, de Matías Almeyda en propuesta y resultados.

 

Tiene que ser una gran noche de futbol. Tiene que ser, al cabo de 180 minutos y aunque duela, un malestar real o ficticio para quien no acceda a semifinales.

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