La frase “es joven, ya tendrá su oportunidad”, suele ser un eufemismo para “su momento quizá no llegará”.

 

Nadie dudaba en Italia, al inicio de 1998, que el mejor portero del país era el jovencísimo Gianluigi Buffon. Apenas estaba por cumplir los veinte años, pero ya había sido titular en el arco del Parma en al menos una centena de partidos. Con extraordinarios reflejos, con pulcrísima técnica, con tan precoz liderazgo, con un físico predestinado para colocarse debajo de los postes, Gigi estaba listo.

 

No obstante, Italia es un país abundante en guardametas de calidad (el mismo arquero juventino es sobrino del gran Lorenzo Buffon, mundialista azzurro en 1962). De forma tal que rumbo a Francia 1998, la elección natural no era ese muchachito de 191 centímetros de estatura y que había coleccionado logros desde la selección Sub-15 hasta la sub-21 de su país. Gianluca Pagliuca, clave para llevar a la Nazionale a la final de EUA 94, parecía inamovible, pese a que Buffon debutó con atajadas épicas (y sin escatimar gritos de orientación a su veterana defensa) en un encuentro eliminatorio frente a Rusia.

 

Dos años más tarde, con la Euro 2000 muy cerca, nadie discutía ya la titularidad de Buffon. Aconteció que a escasos días del debut, el meta se fracturó la mano. De nuevo se desataron los clichés, asegurando que el momento del joven ya llegaría, que le quedaba mucho por delante, pero era simplemente absurdo. Más absurdo todavía, que Angelo Peruzzi se negara antes a ser segundo portero por detrás del niño del Parma y que por ello Francesco Toldo se encontrara de pronto como inicialista (el mismo Toldo que sería declarado mejor cancerbero del torneo).

 

Corea-Japón 2002 tenía que representar por fin el despunte internacional de Gigi, por esa época transferido a la Juventus y convertido en el portero más caro de la historia (53 millones de euros, récord que se mantiene). Pero Toldo no era poca cosa y alternaron la meta en las eliminatorias, con miles reiterando la pesadez de “su momento llegará”. Afortunadamente, su momento fue ahí y desde entonces se ha mantenido.

 

Tocaría el cielo en Berlín en Alemania 2006, acumularía más encuentros que nadie con la azzurra (arriba de 150), se elevaría al primer puesto en minutos disputados con la Juventus (por encima de los 51,000) y coleccionaría trofeos, incluido el título de Serie B en 2007, cuando se quedó en la Juve para devolverla a su sitio.

 

Ahora, con los 40 años tan cerca, ha batido la marca sin recibir gol del futbol italiano: casi mil minutos sin tener que sacar el balón de sus redes. Tras un mensaje en el que agradeció uno por uno a sus compañeros (énfasis obvio: por mucho que sobresalga él, esto es de conjunto), ha publicado una hermosa carta nada menos que a la portería: “Tenía 12 años cuando te di la espalda. Renegué de mi pasado para asegurar tu futuro.

 

Una decisión de corazón. Una decisión de instinto. El mismo día que dejé de mirarte a la cara, sin embargo empecé a amarte. A protegerte. A ser tu primer y último instrumento de defensa (…) Y continuaré haciéndolo. Mientras las piernas, la cabeza y el corazón aguanten”.

 

¿Hasta dónde aguantarán? Por lo pronto viene la Eurocopa 2016, pero, su meta está en el Mundial de Rusia 2018. Entonces se despediría tras haber acudido nada menos que a seis Copas del Mundo.

 

Aquel eufemismo, a menudo tan hiriente, aquí probó ser cierto: sí, era muy joven; sí, le llegó su momento; sí, su momento ha sido por demás dilatado y exitoso.

Alberto Lati

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