Tanto dinero, tamaña repercusión mundial, semejante exposición en tan lejanos mercados, tenían que surtir un efecto no deseado: que el futbol cambió.

 

Esa criatura capaz de sacudir regímenes, de penetrar China e India, de evangelizar al otrora reacio Estados Unidos, de atraer capitales desde el Golfo Pérsico, de pagar transferencias superiores a la centena de millones de dólares, creció velocísima y en ese crecimiento bajó de su barco a los más relevantes, que nunca fueron los futbolistas sino los aficionados (porque con los primeros y sin los segundos, esto se hubiese quedado en mero acondicionamiento físico entre veintidós amigos).

 

El resultado es que en Mundiales, Eurocopas y Finales de Champions League, las gradas son poco representativas de quienes verdaderamente rinden devoción a este deporte. En las últimas dos Copas del Mundo, disputados en países con divisiones socioeconómicas tan raciales, fue evidente que las tribunas eran demasiado blancas para la demografía local, pero no sólo se ha notado ahí; la cantidad de boletos destinados a patrocinadores, la conversión de las asistencias en rutina corporativa para agasajar a clientes y proveedores, los precios exigidos (¿cuántos pueden pagar cada semana el equivalente a 2 mil pesos?), resultaron inevitablemente en esto.

 

Por ello los ingleses han protestado durante el último fin de semana. Los aficionados del Liverpool, en especial célebres por su fidelidad a sus colores (“Nunca caminarás solo”, cantan a cada ocasión), dejaron las tribunas de Anfield al minuto 77 por el aumento a 77 libras esterlinas (unos 2 mil 100 pesos) del costo de los boletos de la próxima temporada. “Suficiente es suficiente, codiciosos bastardos, suficiente es suficiente”, gritaban, al tiempo que mostraban pancartas que enfatizaban su sentir: “No soy un cliente, soy un aficionado”.

 

Lo anterior, justo cuando la Liga Premier comenzará a disfrutar del contrato televisivo más caro de todos los tiempos, envidia del resto de Europa. Cuando dicho convenio se firmó, numerosas voces priorizaban dos aspectos en los cuales debían de ser aprovechados los miles de millones de libras esterlinas a ser ingresadas: desarrollo de futbol base y accesibilidad del boletaje.

 

Indiscutiblemente, el futbol se ha aburguesado. La realidad es que quien no lo vio venir, no quiso hacerlo, porque parecía inevitable.

 

Muchos han querido mezclar este tema con el cambio del balompié británico a raíz de las tragedias en sus gradas en los años 80. Coincidió en el tiempo y parcialmente en la consecuencia (que fue dirigirse a seguidores más adinerados), pero no en sustancia, porque no todos quienes antes podían pagar eran violentos, ni todos quienes ahora pueden dejan de serlo.

 

Incrementó el confort, se generó una aproximación al deporte cual si fuera industria de entretenimiento, se trabajó de maravilla, se supo lucrar soberbiamente con la pasión, se aprovechó que el mundo se hacía pequeño para llevar el producto a distantes televidentes… y las gradas cambiaron.

 

Equipos como el Arsenal comenzarán a abaratar una serie de tickets para aficionados jóvenes, conscientes de que quien no va a tu estadio difícilmente se enamora de tu escudo. Es decir, una inversión a largo plazo, lo que nos lleva de vuelta a lo mismo: que muchos no han querido admitirlo, pero desde hace un buen rato los aficionados son clientes y al cliente lo que pida menos descuento… máxime si nunca faltan centenas de miles de personas con presupuesto y deseo de pagar el monto demandado.

 

A todo esto, la protesta de Anfield surtió efecto y unos días después se ha anunciado que dichos incrementos no procederán como originalmente se planteó.

Alberto Lati

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