Al Club Guadalajara le pegaron en el único lugar en el que le podía doler tanto: en su pasado.

 

FACEBOOK CHIVAS_CHIVAS LATIHabituado a enésimos traumas en el presente y resignado a no menos frustraciones en el futuro, el Chiverío suele brincar a la cancha con la certeza de portar una casaca inigualable por dos motivos: el primero, su limitación a elementos mexicanos; el segundo, el glorioso periodo resumido con el término “Campeonísimo”.

 

No importa que 17 de sus 21 títulos se hayan ganado en un remoto lapso de trece años (de 1957 a 1970, conquistó ocho ligas, dos copas y siete trofeos de Campeón de Campeones). No importa que la leyenda tenga tintes sepia y retoques technicolor. No importa que varios de los grandes pilares de aquel plantel (por ejemplo, Héctor Hernández, Salvador Reyes, Jaime Tubo Gómez) ya no estén con vida. No importa que a este paso los chivas del año 2100 atribuyan las estrellas del escudo a algo tan añejo como el Popol Vuh. Basta con esa alusión, Campeonísimo, para que millones de feligreses chivas soportemos los sinsabores de la actualidad, consolados por el cada vez más deslavado, amarillento e idealizado pasado.

 

La promesa parece tan utópica como terapéutica: acaso el retorno a ese precioso Edén, en el que el Rebaño es sagrado y se corona año con año, pueda volver a acontecer. Lo único seguro es que la institución no dejará de ser percibida como grande, por mucho que ese regreso al paraíso de la hegemonía sólo suceda en nuestra fatigada imaginación.

 

Cada club carga en su inconsciente colectivo con peculiares nociones. El chiva, en origen orgulloso de haber complementado al tequila y el mariachi como rasgos tapatíos para definir la mexicanidad, no tuvo otra más que cursar una cátedra en sufrimiento crónico.

 

Por eso hubo tan airadas respuestas ahora que el América, en el inicio de los festejos por su centenario de historia, osó autoproclamarse “Verdadero campeonísimo”. Las estadísticas, las referencias, las comparaciones, no tienen validez en este debate: Campeonísimo sólo uno, aunque en blanco y negro.

 

Bien sabemos que la amplia distribución de títulos en el balompié mexicano parece seguir una norma simple: que todos aspiran a levantar una liga menos tres ilustres damnificados: Cruz Azul con sus maldiciones, Atlas con más de medio siglo de castidad y el Guadalajara que suficiente padece para eludir el descenso. Bien comprendemos que en esta etapa nadie ha sido más consistente que el América. Bien padecemos con telenovelas directivas y enésimos cambios de timón. Parte de este bello sentimiento, quién lo iba a decir en tan bellos años 60, ser rojiblanco implica hoy estoicismo.

 

Ya con nuestro presente y futuro que hagan lo que gusten. Ya con las ligas de la actualidad que se las repartan a placer. Sólo esa súplica a raíz del atrevimiento americanista: el pasado, que nos hace eternos Campeonísimos, no nos lo toquen. Mera petición en nombre de todo lo que hemos dado a la cultura y conformación de la identidad de este país.

Alberto Lati

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