El castigo a Real y Atlético

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Tema primordial y, por ende, imposible de relativizarse o flexibilizarse.

 

Las intenciones de un club al contratar a un talento adolescente pueden ser muy buenas (el sueño de integrarse a un gigante europeo, la posibilidad de un futuro rutilante, las perspectivas de los mejores desarrollo y capacitación, la búsqueda de pilares para una nueva generación), pero no por ello las normas han de ignorarse.

 

No, si consideramos la fragilidad de este asunto: evitar que el futbol se preste a la trata de menores de edad, a la explotación y tráfico de niños, al engaño y extorción a sus familias.

 

Tengo claro que ahora Real y Atlético de Madrid, como el en su momento también castigado Barcelona, no incurrieron en ninguno de los crímenes arriba enlistados, aunque fácilmente han podido caer (como cualquier gran club europeo) en negociaciones con individuos que sí lo hacen.

 

De alguna forma el futbol tiene que prevenir que su práctica, sedienta de piernas cada vez más jóvenes, derive en la extracción masiva de muchachos de pueblos humildes en África, Asia, Latinoamérica. ¿Cuántos de ellos llegarán a la fama y los millones prometidos? Según cifras autorizadas, entre 2 y 5%, pero en el proceso se ha hecho a sus aldeas reunir cantidades de dinero inmensas para posibilitar su salida; más tarde les quitarán el pasaporte para evitar su independencia, llamarán a sus casas exigiendo más dinero para consumar la entrada al Chelsea o Madrid, los someterán al peor trato, los privarán de la indispensable educación propia de esa edad, los obligarán a cualquier tipo de trabajo y los dejarán botados en alguna lejana ciudad de la que ya no sabrán como regresar.

 

En Johannesburgo conocí a muchos jóvenes que en su adolescencia pasaron por eso: los sacaron de Togo, de Nigeria, de Costa de Marfil, de Zambia, asegurándoles que un equipo los pretendía. Exprimieron dinero a sus familias (al no alcanzar su esfuerzo, el pueblo entero suele donar, pensando que contribuyen a erigir el nuevo Didier Drogba que, vaya honor, es su vecino) y luego los abandonaron. Algo parecido sucede en el común de las ciudades europeas. Es fácil llegar con uniformes del Arsenal y Manchester a prometer a diez adolescentes por localidad que han sido elegidos por el gran equipo.

 

Hace un par de años se estimaba que en las calles de Francia dormían siete mil jóvenes traficados para ser futbolistas, cinco mil de ellos menores de 18 años. Se calcula que hasta veinte mil adolescentes africanos están hoy abandonados en algún lugar de Europa y todo por haber querido jugar futbol.

 

Por ello es necesario que ese reglamento sea inflexible. Por eso si hoy tienen que pagar con un año sin poder registrar jugadores tanto Real como Atlético, que sea así. Porque tiene que haber un marco que proteja al niño o adolescente que aspira a ser futbolista. Porque no puede haber pauta para su tráfico y explotación.

 

El reglamento de FIFA establece que hay tres formas permitidas de contratar a menores extranjeros: si hay un cambio de residencia por razones ajenas al futbol (como artimaña se suele dar empleo al padre, aunque al menos ahí se traslada con todo y familia), si tiene al menos dieciséis años y es europeo, o si pertenece a un club a cincuenta kilómetros de la frontera. Todo lo demás, está penalizado.

 

Suena fuerte, pero no queda más que adecuarse a eso. Lo contrario es prestarse, sin duda con distintas intenciones, a atroces redes de trata.

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