Layún, culpable de su destino

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Hace falta estar muy convencido de la capacidad propia, para aceptar caminos más complicados hacia la cima.

 

Cuando en enero de 2015 trascendió en México que Miguel Layún había sido transferido al club Watford de la segunda división inglesa, el sentimiento varió de la incomprensión a la decepción. Se trataba de un equipo con evidentes opciones de ascender y de una directiva también propietaria del Granada español y el Udinese italiano, pero la percepción general era que el mundialista tricolor se había malvendido, que había forzado su salida, que se había precipitado en un afán de actuar en Europa.

 

En el fondo había otro denominador común de la carrera de este futbolista: atreverse a salir de la zona de confort, desafiarse, no escatimar esfuerzos en su afán de estar en donde considera y merece estar.

 

Si a los 21 años, siendo un desconocido para la afición de nuestro país se convirtió en el primer mexicano en jugar en la Serie A italiana, a los 25 mantenía idéntica actitud al marcharse a la división de ascenso inglesa. La diferencia, en todo caso, era clara: que al cierre de 2014, Layún ya se había convertido en un personaje indispensable de nuestro balompié, ya ocupaba un sitio de máximo privilegio en el club América, ya parecía estar en etapa de recoger frutos tras tan arduos años de cosecha, ya podía estar un tanto saciado de experimentos.

 

Evidentemente, si este jugador se sobrepuso a tan reiteradas críticas en el inicio de su etapa americanista y se arriesgó a una eterna persecución al cobrar el penalti decisivo de la final contra Cruz Azul, no iba a dejar de sobreponerse a la oportunidad europea con la que soñaba desde su prematuro retorno de Italia. Si necesitaba jugar en segunda para trascender, eso haría. Si el precio inicial era exponerse a las patadas e incomodidades de esta categoría, lo pagaría. Si ahora debía de convencer a un director técnico y una grada que apenas le conocían, lo conseguiría.

 

Un año después, habiendo ya ascendido e incluso anotado el primer gol del Watford en el regreso a la Premier League, Layún brilla en Portugal con el Oporto. Las estadísticas dicen que en las principales ligas europeas sólo Mesut Özil, paradigma del pasador más fructífero de tres cuartos de cancha hacia delante, ha concedido más asistencias de gol que él.

 

Apenas 12 meses desde la incredulidad por su salida al Watford y hoy nadie duda que Layún tuvo un gran acierto al haber tomado tan rocoso camino. Su convencimiento, se certeza, su mentalidad, otra vez han podido más. Su fe, es otra vez ejemplar. No se puede hablar de suerte con quien, ante todo, ha sabido lo que vale y se ha empecinado en demostrarlo.

 

Pudo nunca ir al Atalanta, pudo escapar del América cuando era el enemigo público primordial del americanismo, pudo quedarse sentado a la espera de que un club relevante le ofreciera los millones para llevárselo al viejo continente. Pero donde todos esperan, él lucha.

 

Miguel Layún tiene la culpa de todo, empezando por su triunfante destino.

Más del autor