El torneo maldito

Alberto Lati

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Y acaso, nunca va a suceder. Y acaso, año con año, perpetuamente, nos desengañaremos respecto al nivel que intuimos y presumimos en nuestra liga. Y acaso, por mucho que duela, admitir que eso es para lo que hay.

 

Esta vez no cabe decir que ha llegado un equipo fuera de ritmo. Esta vez tampoco se puede argumentar que nos ha representado un cuadro en bajo momento. Esta vez, mucho menos habremos de aseverar que ha acudido uno de los que peor compitieron en el último torneo de liga.

 

A diferencia del Cruz Azul que el año pasado tropezó con un amateur conjunto neozelandés, del Monterrey de 2013 que fue eliminado por el Raja marroquí, de los propios Rayados que en 2012 cayeron ante el Kashiwa japonés en penales, del Pachuca de 2011 que se vio superado por el Mazembe congolés, del Atlante de 2010 que perdió el tercer sitio con el Pohang sudcoreano, del Pachuca de 2009 que desechó una ocasión histórica al ser su rival la LDUQ ecuatoriana, del Pachuca de 2007 que sólo jugó un partido al sucumbir ante el Étolie tunecino, del América que en 2006 no alcanzó el tercer sitio al caer con el Al-Ahly egipcio… a diferencia de todos ellos, las actuales Águilas lucían como uno de los mejores embajadores del futbol mexicano, frescas de la casi hazaña ante Pumas y sólidas en cada una de sus líneas.

 

La historia, no obstante, es clara: ningún país ha tenido tantas participaciones en el Mundial de Clubes como México, es decir, en 11 de las 12 ediciones, la ahora denominada Liga Mx ha estado presente. Lo que tan maravillosamente comenzó con el Necaxa en enero de 2000, cuando sacó el empate al Manchester United y luego arrebató el tercer puesto al Real Madrid, ha ido de mal en peor. Al margen de ese escalafón conquistado por los hoy descendidos Rayos, apenas el Monterrey en 2013 fue tercero. De ahí en más, de cuarto sitio para atrás, convirtiendo a la Concacaf en la segunda peor confederación, apenas por delante de la débil Oceanía.

 

¿La calendarización? Tampoco creamos que es cómodo para los europeos que acarrean años de no menos de sesenta partidos por cabeza. ¿El momento en que se dirime al campeón de la región entre abril y mayo? Asumamos que la Final de la Champions League suele ser sólo unas cuantas semanas después. ¿Los compromisos del futbol nacional, con una Liguilla que distrae u obstruye a quien acuda? Eso no se puede cambiar y tampoco sirve para llenar la excusa.

 

La realidad es que los clubes mexicanos, como ahora el América, suelen perder en la primera ronda por sobrados, por navegar entre el limbo de sentirse superiores y el precipicio de saberse expuestos a fracasos descomunales; Ley de Murphy, si algo puede salir mal, en el Mundial de clubes siempre sale mal. La realidad es que necesitamos aprender a competir en los momentos cumbre; que ni siquiera sabemos que no sabemos.

 

Por mucho tiempo estuve convencido de que México era mejor a nivel de liga que de selección. Esa ya no tan reciente invención de FIFA, llamada Mundial de Clubes, me ha desengañado, como a muchos más, de esa quimera.

 

El localismo nos mata. La distancia nos encoge. El futbol se nos escapa.

 

Otro Mundial maldito y contando.

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