Habla mal del deporte y, en general, de la sociedad, que siga reiterándose el color de la piel de alguien al aludir a sus logros y hazañas.

 

La realidad es que ninguna familia –negra, blanca o amarilla–, ha sido tan hegemónica en la historia del tenis. Los 28 títulos de Grand Slam a nivel individual (21 de Serena, siete de Venus), más sus 13 coronas en dobles (siempre juntas) y sus cinco oros olímpicos (máximas medallistas de la historia en esta disciplina), hacen indispensables a las Williams al referirnos al tenis contemporáneo.

 

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No son sólo la cantidad de sus conquistas, sino lo que se han extendido a lo largo del tiempo, con el primer Grand Slam de Venus tan lejos como en 1999.

 

Habla peor todavía de nosotros como sociedad que se busque obsesivamente el molde de símbolo sexual en las deportistas más brillantes de nuestros días, máxime si en esa búsqueda ya de por sí absurda (porque lo relevante aquí es su talento con la raqueta, su disciplina, su fortaleza física y mental, pero de ninguna forma su apariencia, cuerpo, rostro), se prioriza el viejo canon occidental de belleza, al que suelen corresponder las competidoras rusas o eslavas. Tan inútil como decir que Serena me parece bellísima, es que el debate exista.

 

El tema ha rodeado a Venus y Serena casi de origen. Su padre y formador, el siempre controversial Richard Williams, las armó en su primera niñez para soportar una especie de batalla socio-racial. Cuenta la anécdota que llevaba camiones de niños a verlas entrenar y les suplicaba ser lo más ofensivos posible, no escatimando el uso de insultos raciales y apelaciones a su negritud. La vida de Richard, el personaje, sus obsesiones, su motor, no se explican sin la discriminación por él mismo padecida a lo largo de su juventud, sus choques con el Ku Kux Klan en Louisiana, sus arrestos, sus desafíos al poder, sus riñas callejeras (en una de tantas se llevó un navajazo que a la fecha le impide caminar pleno). Según declaraciones recogidas por un espléndido artículo del The New Yorker, “Tenía que hacer algo y lo que quería hacer era matar gente. Tenía una guerra contra los blancos”.

 

Richard, cuyos métodos a menudo han sido señalados como abusivos o agresivos, nunca ha renunciado a ese estigma. De ahí viene otra de las acusaciones recurrentes, desatada tras la edición del año 2001 del torneo de Indian Wells. Las hermanas tendrían que enfrentarse en Semifinales y Venus abandonó por lesión. Desde entonces se aseveró que su padre decidía quién ganaba cada torneo y llegada la Final, hubo abucheos a Serena, pero sobre todo a Richard y Venus en las gradas. La versión de los Williams es que recibieron insultos racistas. Las dos mejores tenistas estadounidenses de nuestra era mantendrían un boicot de 14 años (apenas este año, Serena volvió) al acaso segundo torneo más relevante de tenis en Estados Unidos.

 

Serena y Venus se reencontrarán en una cancha, ahora en los Cuartos de Final del US Open. El sueño del desafiante Richard, cuyo libro se titula “Negro y blanco, como lo veo”, continúa ahí. Venus con treintaicinco años, Serena a unos días de cumplir los 34, se mantienen en la cúspide muchísimas coronas después.

 

Podemos hablar del deporte elitista que con ellas se probó accesible a la población menos beneficiada de los Estados Unidos. Podemos hablar de gustos y estilos de juego (y, en todo caso, no habrá quien logre mencionar a alguien más arrolladora que Serena). Podemos hablar de ciclos, de quienes tocaron la cima y más tiempo tardaron en dejarla. Podemos hablar de los derechos del niño al que se convierte por las buenas o por las malas en estrella. Podemos hablar de lo que supone ver a dos hermanas enfrentadas en un Grand Slam por novena ocasión. De lo que no tendríamos ya que hablar sería de su color de piel… y, sin embargo, muy tercos ahí seguimos.

Alberto Lati

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