Generosidad bávara

Alberto Lati

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La Hauptbahnhoff o Estación Central de Munich, siempre fue particular: por ser punto de entrada para inmigrantes de Europa del Este y refugiados de los Balcanes; por atestiguar la llegada de miles de aficionados deseosos de ver a los suyos contra el Bayern y estallar cada año con multitudes cerveceras durante el Oktoberfest; por poder ser tan fea, insípida, desabrida, y estar a la vez tan cerca de la Munich señorial de la Königsplatz, de la Munich de vanguardia que atrajo a genios como Vasili Kandinsky y Paul Klee, de la Munich noble en los palacios de la dinastía Wittelsbach, de la Munich sofisticada en boutiques de la Maximiliamstrasse, de la Munich de agrios e inocultables recuerdos con la cervecería donde Hitler inició su intento de golpe de estado en 1923 (años después, por esas mismas vías pasaron cientos de miles de deportados a campos de concentración nazis).

 

AP_migrantes

 

Esa Hauptbanhoff nos ha conmovido esta semana con la aparición de numerosos muniqueses deseosos de ayudar en lo que se pueda a los refugiados que llegan por miles: comida, cobijas, ropa, nada es poco para quien perdió todo y busca una rendija de esperanza. Mientras Europa delibera, mientras el Reino Unido se esconde en su excepcionalidad y pragmatismo, mientras buena parte del mundo responde a absurdas prioridades, Alemania actúa… la Alemania de la que 10 años atrás, cuando viví ahí, me enamoré.

 

Pueblos con una pesada carga histórica, con una culpa colectiva a cuestas, hay muchos. La diferencia es que ninguna culpa es tan lacerante como la padecida por generaciones de germanos posteriores al nazismo. En términos filosóficos, los alemanes reencausaron su manera de entender el imperativo categórico kantiano: de interpretarlo como mecanismo para reivindicar su superioridad, a asumirlo como lo que el filósofo quiso regalar a la eternidad; en palabras sencillas, convencernos de que nuestros actos deben de estar a la altura de convertirse en regla universal.

 

Ante la evidente dificultad para sociabilizar en esta cultura, es cómodo atribuirle estereotipos de frialdad y apatía, colgarle etiquetas de vivir empecinada en que el prójimo camine por sus calles como si nadie lo viera o, peor, como si no existiera.

 

Me hizo falta ser testigo de un incidente mientras bajaba al metro para calibrar; una señora cubierta por un burka tropezó en las escaleras eléctricas y perdió el control de su carriola que se fue en picada; dos niños que la acompañaban lloraban mientras seguían camino abajo y se alejaban de su madre. De inmediato una persona corrió a rescatar la carriola puntual para que el bebé no sufriera daño, otra tomó de la mano a los dos niños y los subió de vuelta, alguno más logró frenar el funcionamiento de la escalera, otra aprovecho que era mujer (bajo el entendido de que un hombre no debe de tocar a una religiosa musulmana) para atender a la señora y me suplicó a gritos que saliera a superficie para tener señal que me permitiera contactar a los paramédicos (especificándome el número). En tres minutos, la crisis estaba superada y todos regresaban a su rutina de hacer como que no se ven.

 

¿Apatía? ¿Racismo? ¿Egoísmo? ¿Intolerancia hacia el inmigrante? Una simple anécdota que va acorde con las maravillosas pancartas mostradas en partidos del fin de semana en la Bundesliga, dando la bienvenida a los refugiados.

 

Alemania, por supuesto, tiene no pocos defectos. Lo mismo debemos admitir de su gobierno, en esta era en la que controla Europa en los escritorios como nunca lo consiguió con las armas. Pero ha vuelto a mostrar que tiene conciencia… justo lo que parece caducado en un mundo que necesita ver la foto de un niño sirio de tres años ahogado en las orillas de Turquía para reaccionar.

 

Fuera del contexto europeo, países en vías de desarrollo como la propia Turquía están recibiendo también a muchísimos. Imprescindible entender la magnitud de esta emergencia: nunca antes hubo tantos refugiados en el planeta, ni siquiera después de la Segunda Guerra Mundial. Y distinguir: esta crisis no es migratoria, sino de refugiados. Inmensa diferencia, porque el asilo es su derecho.

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