De Wellington a Filadeldia

Alberto Lati

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Era el único desenlace posible. No había alternativa. Miguel Herrera tenía que irse de la Selección Nacional. Tenía que irse porque, a diferencia de lo futbolístico, que es subjetivo, este tema no tenía cómo serlo. Tenía que irse pese a que los astros se le habían alineado de manera increíble: tras un verano de resultados tan adversos, el cierre, con título de Copa Oro, lo absolvió. ¿Por cuánto tiempo? Imposible saberlo, pero al menos contaba con crédito para corto o mediano plazo.

 

Miguel no podrá quejarse de falta de fortuna. Los penales obsequiados en minutos finales en dos rondas consecutivas y la sorpresiva eliminación estadunidense, parecían parte de su gran estrella desde la coronación americanista en mayo de 2013.

 

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Foto: Cuartoscuro

Desde entonces, sus tiempos habían sido perfectos: justo exhibió gran carisma y capacidad para hacer grupo en el instante en que Chepo de la Torre se veía privado en específico de esos factores. Todavía pasarían por el banquillo tricolor el interinato de Luis Fernando Tena y el breve periplo de Víctor Manuel Vucetich, lapso durante el que el apodado Piojo consolidaba sus credenciales; el América, bajo su conducción, defendía el título como superlíder y con un juego vistoso.

 

Me tocó estar cerca del inicio de esta etapa tricolor que duraría menos de dos años. Fue en Wellington, Nueva Zelanda, cuando resultó evidente un cambio en muchos sentidos. Herrera, a diferencia de un Chepo que apenas hablaba en conferencia de prensa, concedía entrevistas de forma exhaustiva y se prestaba para todo: para un ritual maorí a su llegada de madrugada en el aeropuerto, para atender en exclusiva a la totalidad de los medios, para alguna grabación fuera del hotel de la Selección.

 

De la entrevista a fondo que efectué entonces con él, retomo algunos conceptos que sonaban a sensatez y afán autocrítico: “Gritar por ir al Mundial, no. No podemos gritar. Ni festejar. No estamos para festejar. Cumpliremos una meta, eso sí, y a eso nos comprometimos. Pero nuestro futbol tiene que analizar todo lo que hizo mal en el año. Fueron muchas circunstancias, cosas que se dieron así. Pero no festejar”. Una faceta similar emergería una vez conquistada la calificación, cuando Herrera aprovechó para admitir que lo suyo había sido mucho más sencillo que lo enfrentado por Chepo, Tena y Vucetich.

 

No obstante, apenas unas semanas después, cuando el América perdió la Final, vimos la vieja cara del Piojo: en la derrota, siempre hallaba culpables, de preferencia el árbitro, lo que quedaba mal en quien ya era visto como seleccionador nacional. En esa dualidad seguiríamos hasta la víspera del Mundial, como evidenció cuando declaró tras un amistoso que “Bosnia hizo una marranada” y surgió su hija como feroz tuitera.

 

Lo repetiré siempre, porque de eso no tengo duda: a Miguel Herrera tenemos que agradecerle haber levantado de cenizas un equipo que representó bien a México en Brasil 2014, que generó emoción, que inspiró, que conmovió al país. En la eliminación, incapaz como casi siempre de frenar sus impulsos, el seleccionador tendría un altercado con Robin van Persie.

 

Pese a ello, tras Brasil no existían razones para cortar su liderazgo, aunque éste tenía que haberse modificado: la carrera de velocidad que conectó Wellington con Brasil, ahora era de resistencia hasta Rusia. Y el DT no lo entendió así; su imagen estaba sobreexpuesta; de tanto declarar en medios, algo sonaría mal –como ventilar lo sucedido con Jesús Corona, en un debate que ya se había zanjado con el brillante desempeño de Memo Ochoa– y de tanto publicitar, algún anuncio se le iría en contra –como el tuit en plena veda electoral, del cual, estoy convencido, su imagen ya nunca se recuperó.

 

La crítica, justa o injusta, racional o visceral, sutil o agresiva, sobria o mordaz, no suele ser compartida por el personaje criticado. Ante eso, los caminos posibles son ignorarla o con hechos revertirla; en ningún caso confrontarla y, menos, físicamente.

 

Al final, fue víctima de sí mismo. Al final pudo más su sombra que él. Al final no calculó a lo que se estaba exponiendo por querer arreglar con las manos lo que podía ser arreglado de todos los modos menos ese.

 

@albertolati

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