Pensar mal ha dejado de ser asunto de una minoría en las gradas y ante el televisor. Las teorías de conspiración futboleras, por mucho tiempo exclusivas de unos cuantos, hoy son abrazadas por inmensas legiones de desencantados aficionados. El delirio de persecución en la derrota solía alternarse con el festejo fuese como fuese la victoria (o sea, victimismo al caer, triunfalismo siempre al ganar).

 

No más. Lo del miércoles en Atlanta nos ha revelado, al margen del tremendo escándalo arbitral, otra forma de sufrir con un equipo. Aquello de “lo importante no es que entre, sino que cuente”, tan repetido por generaciones y generaciones de fanáticos futboleros, dejó de ser.

 

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Las razones son muchas. Para empezar, la noción de que México, con recursos que superan sobradamente a los de todas las selecciones centroamericanas juntas, fue incapaz de someter a los impetuosos panameños, diezmados por un arbitraje que antes del escandaloso primer penal ya les había perjudicado.

 

Para continuar, que este representativo tricolor, tan carismático y conmovedor un año atrás en Brasil 2014, hoy no inspira, hoy no toca fibras, hoy no consigue hacer sentirse representado en la cancha al común de quienes aman este deporte o esa camiseta. Para terminar, las sensaciones de que es tan importante el Tri para el negocio de la Copa Oro, que de alguna manera se le debía poner en la Final.

 

Como añadido a todo lo anterior, lo que supone el planeta de las redes sociales: de su catarsis a su irreverencia; de su simplismo a su opinionismo; de su agresividad a su velocísimo juicio moral. Esto último es el verdadero detonante en tan explosivo coctel: que en Twitter todos estamos listos y nos sentimos capaces de establecer imperativos categóricos, de imponer cánones éticos, de dictar homilías.

 

Así como al deporte se le suele culpar por numerosos males que pertenecen a la sociedad en cada una de sus facetas (violencia y racismo, intereses y trampas), a veces se pretende que el deporte lo sane todo o, bien, que se ofrezca como chivo expiatorio.

 

No coincido con quienes señalan que Andrés Guardado debió fallar el penalti. Los respeto y agradezco que contribuyan desde esa postura al debate, pero no pienso de esa forma. La injustica existe en la cancha y fuera de ella; la transparencia, la legalidad, la ética, no se resarcirán con once muchachos decididos a volar un tiro y precipitar así su eliminación. Guardado hizo precisamente lo que cobra por hacer: poner su empeño y talento en ejecutar con eficacia un penal.

 

El problema va infinitamente más lejos y apunta a los estamentos de este deporte. En tiempos en los que a diario accedemos a filtraciones sobre la desfachatez con que se gestiona el mundo del balón, es de asumirse que la alteración de resultados sucede con mayor frecuencia de lo que hubiéramos querido admitir.

 

Eso se permite a través de un reglamento decimonónico, que no corresponde a las necesidades actuales ni aprende de hecatombes del pasado. No son pocos los equipos que han resultado tan afectados como el panameño ni las noches tan aciagas. ¿Así es el futbol? Así no tendría que ser, pero Guardado ni se tiró el clavado ni es quién para sacudir tanta podredumbre en la FIFA o en la Concacaf, en el Congreso de la Unión o en cada dependencia política.

 

Más relevante que eso, descubrir la manera en que una afición, antaño delirante por ganar de cualquier modo y exacerbar así su nacionalismo, aprendió a rechazar ese tipo de victoria, a repudiarlo, a sufrirlo.

 

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