Iker en el adiós

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

La despedida correcta, honrosa, emotiva, no será este viernes, porque simplemente desde hace buenos años ya no podía ser.

 

En el Real Madrid está el erigir estatuas a Iker Casillas, componerle sonetos, jurarle amor eterno, pero nada cambiará la incómoda y enrarecida forma en que ha cerrado su etapa merengue el guardameta más importante en la historia de la institución.

 

IkerCasillas

 

A principios de 2008, cuando Iker tenía 26 años y todavía era imposible sospechar su rol histórico como capitán que levantaría dos Eurocopas y un Mundial en el siguiente cuatrienio, el Madrid le ofreció un contrato que al paso del tiempo terminaría siendo visto como un lastre para la entidad. Casillas cobraría espléndidamente durante nueve temporadas. Si se considera su nivel y la longevidad de los porteros, no era descabellada esa ecuación: el equipo garantizaba tener por casi una década algo más que un seguro en su arco, con el invaluable añadido de tratarse de un niño nacido en esa casa.

 

Se sucedieron cuatro años de luna de miel bajo ese contrato, reforzados por la cascada de títulos conquistados con la selección española, en todos ellos con sus atajadas decisivas; justo después de levantar el trofeo en la Euro 2012, todo comenzó a desplomarse.

 

José Mourinho, quien en 2011 declarara que Iker tendría que ser elegido alguna vez Balón de Oro (“un día, un portero tiene que ganar, y si un portero tiene que ganar, tiene que ser éste, porque es el mejor”), rompió con él. Las teorías son varias, pero la más común apunta a que no le perdonó comunicarse con sus colegas barcelonistas (con Xavi y Puyol) para pacificar el ambiente de la selección tras los tensos clásicos. Mourinho, que vivía abriendo trincheras, acusando persecuciones y prendiendo fuegos, no iba a aceptar que uno de los suyos se dedicara a lo opuesto. Otra versión, fomentada por el entrenador, asegura que Casillas filtraba a los medios información del vestuario.

 

La inaudita suplencia llegó. Primero, a través del joven Adán, aunque duró poco. Después, y una vez que Iker se lesionara, con el recién fichado Diego López. En la banca estaría los últimos seis meses de Mou en el Madrid, lo mismo que la primera liga de Carlo Ancelotti (aunque, curiosamente, en esa campaña el Madrid se coronó en los dos torneos jugados por Casillas: Copa del Rey y Champions League).

 

El mejor momento para su salida hubiera sido antes de tamaña polarización en torno a su figura, la cual lo dejó visiblemente afectado en confianza y aptitudes, foco permanente de abucheos y murmullos. El segundo mejor, cuando Mourinho se fue y Ancelotti decidió mantenerlo en la suplencia. Todavía un tercero, justo en el verano pasado, cuando había levantado la décima Liga de Campeones (pese a un craso error en el gol del Atlético de Madrid) y sólo fue retenido por la complicación de saldar o romper su jugoso contrato.

 

Casillas se aferró a quedarse porque nadie accedió a pagarle lo que el Madrid estaba obligado. Dicho eso, imprescindible aclarar que su nivel de cariño al equipo no es más o menos por exigir se le pague lo que en su momento fue firmado. Si los merengues ya no lo quieren han de indemnizarle, porque eso es un derecho laboral básico de cualquier empleado.

 

Al cierre del jueves en España, brincó la noticia de que su salida al Oporto se había bloqueado y así amaneceremos el viernes de su teórico homenaje. Como sea y cuando sea que acontezca, hay una realidad: por mucho que se le aclame como la leyenda que es en los discursos de despedida, ésta ya no será la ideal; simplemente, porque desde hace buen tiempo ya no puede serlo.

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